massobreloslunes

martes, 18 de octubre de 2011

Los detalles molestos

Mi amiga Pilar, gran psiquiatra y mejor persona, me dijo una vez que la vida está llena de detalles molestos. Es una frase que se me ha quedado grabada a fuego en el selebro, porque mira que a mí me gusta la vida en general y la mía en particular, pero esos detalles molestos que se repiten todos los días te hacen pensar que, no importa cuánto te lo curres o lo bien que te vayan las cosas: esto de la existencia no está bien inventado.

Detalles molestos de la vida doméstica. Estos son los peores. Creo que nunca, nunca jamás me acostumbraré a tener que limpiar, recoger y hacer tareas del hogar en general el resto de mi vida. Espero ganar lo suficiente algún día para pagarle a alguien y que lo haga por mí, pero teniendo en cuenta que al Octubre Austero probablemente le sigan Noviembre Ahorrador y Diciembre Sencillo, no lo veo muy cercano en el tiempo.

La colada. Me saca de quicio. No sé por qué; creo que es porque consta de pasos diferidos en el tiempo. Es decir: yo para las tareas del hogar tiene que ser que me agarre el impulso y las haga del tirón. Así que cuando me da el impulso de poner la lavadora, todo va bien durante unos diez minutos. Después se me olvida y paso a otra cosa. Para cuando la lavadora termina, yo ya no tengo ni putas ganas de tender. Entonces he de esperar a que me vuelva a dar el impulso mientras me mira con su lucecita roja parapadeante y acusadora cada vez que entro al baño. Tiendo con esfuerzo de titanes y entonces ya paso de destender y la terraza se convierte simplemente en una prolongación de mi armario, hasta que ya no me quedan bragas limpias (lo que yo denomino el Punto Crítico de la Colada) y recomienzo el proceso.

Cambiar el papel higiénico y la bolsa de basura. Curiosamente, sacar la basura no me importa tanto. Me da sensación de "qué buen rollo que los desechos salgan de mi casa puntual e higiénicamente". Pero volver a casa y cambiar la bolsa, no sé por qué, me exaspera. Lo peor es que espero hasta abrir y cerrar el cubo un par de veces para tirar algo y aberrar ante la ausencia de bolsa antes de poner una nueva. Soy lo peor. Lo del papel higiénico es más de lo mismo. He encontrado unos rollos del carrefour que miden en teoría el triple que uno normal, a costa de ser finísimos, claro. Me da igual siempre y cuando maximice el tiempo que tarda en acabarse. Se me está ocurriendo en estos momentos comprar rollos industriales como los de los bares, pero quizá sea excesivo.

Sacar el reciclaje. Dios, esto sí que lo odio. El contenedor de reciclaje está a tomar viento, y nunca mejor dicho, porque lo han colocado en el paseo marítimo y le da un montón el levante. Así que cuando consigo reunir fuerza de voluntad y juntar los diez millones de cartones que he acumulado un mes, salgo al contenedor y el maldito viento me los vuela, con lo que tengo que corretear por la acera recogiendo unos mientras los demás se siguen volando. Reciclar es el maligno. En serio, yo no tengo la puñetera culpa de que los fabricantes lo envasen TODO como si no se fuera a abrir nunca, ni tampoco tengo la culpa de no poder ir ya al mercado los sábados porque quiero escalar. Así que, por favor, un poquito de responsabilidad embaladora o de poner cubos en sitios resguardados.

Lavar los cubiertos. Lavar platos me gusta: es como muy mecánico y además no hay más cojones que hacerlo. No es como por ejemplo limpiar el polvo, que se puede prolongar durante tiempo indefinido. Pero cuando ya tienes todo lo grande listo y sólo te quedan los cubiertos... es lo peor. Es como una propina maligna, y te preguntas cómo lo has hecho para ensuciar tres cucharas, dos cuchillos, un tenedor y el sacacorchos para desayunar. Además, se esconden por lugares recónditos del fregadero para putearte. Tampoco me gusta lavar cacharros muy grandes, rollo ollas y demás, pero creo que eso es por pura incomodidad física.

Pararme en los semáforos. No todo va a ser lo mucho que me aberran las tareas del hogar. Pararse en los semáforos imagino que le incomoda a todo el mundo: por eso es un detalle molesto de la vida. Además, me pasa como con todos los otros detalles molestos: me da coraje TODAS las putas veces. Un poner: la Avenida de Cádiz. No importa lo rápido que vayas o la suerte que tengas: de Cortadura a Puertatierra te van a tocar SEGURO entre tres y cuatro semáforos. Es así, no depende de ti, están programados de esa forma. Pues aun así me creo que podrían no tocarme y me cabreo cuando se me ponen en ámbar.

También me resulta muy, muy molesto tener que subir a los pisos por las escaleras. No sé por qué. Sé que es reciente, pero ahora mismo soy una chica deportista, así que no debería importarme. Hago deporte todos los días, verídico, e incluso hasta podría decir que lo disfruto. Aun así, subo y bajo a mi casa en ascensor SIEMPRE, y son dos pisos. A ver, para ese ejercicio de mierda y para hacer el esfuerzo en momentos en los que no estoy mentalizada, paso y me dedico a ser transportada mientras me miro los bíceps en el espejo.

¿Más cosas? Ponerme y quitarme las gafas cuando me pongo el casco. Que se me quede tieso el flequillo después de la siesta. Los huesos de las chirimoyas, ¿qué le pasaba a Dios cuando las inventó? Los perros. Los perros son muy, muy molestos y no, no me gustan, y no, no pienso que ser un amante de los perros te haga mejor persona. Los abrefáciles que no lo son. Los enchufes difíciles de alcanzar. Ir de copiloto y tener que darle las cosas al piloto porque está conduciendo. Abrir y cerrar manualmente las puertas de los garajes.

Que conste que este post es sólo un break en mi habitual tónica de Dios, cómo flipo con el vivir, y que mañana seguiremos con nuestra programación alegrecompasiva de los últimos meses. De hecho, ya estoy escribiendo mentalmente un post de detalles bonitos que tiene la vida, y que superan con creces a los molestos.

PD: Ésta es la típica entrada en la que no tenéis excusa para no comentar y contarme vuestros detalles molestos, ¿eh? Así que a ver si os comportáis, que los comentarios molan diez mil.

domingo, 16 de octubre de 2011

Por eso me quedé soltera, IV: Mi relación ideal

Últimamente me pasa que ya no busco tanto características concretas en un hombre, sino de la relación que pueda establecer con él. En lugar de hacer listas fastuosas como las cuarenta exigencias de Golfo, pienso más bien en una manera de actuar juntos. En la interacción.

Quiero sinceridad. Que cada paso que demos se base en el intento de ser honestos con nosotros mismos y con el otro.

Quiero tacto. Cariñitos a toneladas. Quiero fisicalidad, que nos toquemos, que nos sintamos, que nos abracemos.

Quiero ternura. Que minimicemos los defectos del otro y amemos sus cualidades. Quiero que mi pareja me mire con cariño cuando soy desordenada, cuando pido más chocolate o cuando me golpeo con el quicio de la puerta porque no tengo equilibrio.

Quiero respeto. Que siempre nos hablemos con consideración y tacto. Que no nos critiquemos nunca delante de otras personas, porque no nos sale. Que no perdamos los papeles ni en la peor de las discusiones.

Quiero humor. Mucho humor. Mucha alegría. Risas, juego, tomarnos la vida en broma, reírnos de los chistes malos, despertar riendo, follar riendo (también se puede follar serios de vez en cuando, que tiene su punto).

Quiero comunicación, lo que no quiere decir hablar obsesivamente de nuestros sentimientos todo el rato. Creo que si los sentimientos están claros y si uno tiene en cuenta el punto 1 (la sinceridad) no es necesario. Pero quiero que estemos en contacto, que nos queramos con palabras. Y, por el amor de Dios, quiero que me conteste los mensajes. Siempre.

Quiero que no haya luchas de poder. Que seamos generosos. Que no se nos olvide el otro y que empaticemos.

Quiero independencia pero quiero que contemos el uno con el otro. Que sea factible cambiar los planes por el otro, esforzarse un poco, sacrificarse a veces. Quiero tener un hueco en la vida de mi pareja. No quiero ser su prioridad siempre, pero sí a veces.

Y que nos admiremos. Que seamos nuestras mutuas personas favoritas. Que sepamos apoyarnos sin asfixiarnos.

Lamentablemente, no tengo claro que esto me vaya a ocurrir y, de hecho, por eso esto va archivado en la saga de "por eso me quedé soltera". Porque, seamos sinceros: la gente está como unas maracas. Los guapos están todos neurotizados. Los buenos están todos pillados, pero los solteros son todavía peores, porque están recubiertos de múltiples capas de despecho y cinismo.

Si confío en un rincón de mi ser es porque, por lógica, pienso: si yo, que soy fabulosa, estoy soltera y disponible y sé querer y existo, debe de haber por ahí otro chico que sea fabuloso, esté soltero, disponible y exista. Y seguro que va buscando a una chica como yo. O quizá no, claro. Yo qué sé. Hoy estoy tan cansada que me siento como drogada. Y no sé ni siquiera por qué he escrito este post. Es un poco absurdo esto de planear cosas o soñar con cosas que no sabes siquiera si van a ocurrir.

En fin. Feliz lunes.

sábado, 15 de octubre de 2011

Pantanos, fotografía y la mente del principiante

Estoy aprendiendo fotografía.

Correción: estoy haciendo fotos.

Yo siempre he acechado la vida más que vivirla. Cuando empezaba algo nuevo, me dedicaba a aprenderlo todo de forma teórica antes de probar la práctica, lo que no es más que una forma difusa y controladora del miedo. Recuerdo cuando me compré la bici en Granada. Pasé semanas estudiando las calles mientras caminaba por ella: en qué dirección iban, cuáles me permitían ir por la acera, cuáles tenían demasiada cuesta y poco espacio para pasar, dónde podía aparcar. La mayoría de la gente se monta en la bici, pedalea y punto. Yo quería tenerlo todo controlado.

Últimamente intento zambullirme más directamente en la esencia de las cosas. No leo sobre escalada: escalo y escucho a otros escaladores. No aprendo fotografía: hago fotografías. Seguro que me beneficiaría de un curso o de más tutoriales, pero ahora mismo sé cuatro cosas básicas y lo que quiero es sacar fotos. Encontrar mi propia forma de hacerlo, experimentar y equivocarme.

Cuando uno lleva tanto tiempo haciendo algo como yo escribiendo, está muy bien aprender otras formas de expresión. Te devuelve al comienzo: cuando estás tan perdido y la distancia entre lo que tu mente imagina y lo que eres capaz de hacer es tan grande que la frustración aparece enseguida. Me llevo la cámara a la montaña y saco fotos mientras la gente escala. Me gustaría aprender a hacer buenos retratos. Los retratos son una cosa linda: otra manera de capturar la esencia de las personas. Un chaval que me molaba hasta que se reveló como un zumbado neurótico me dijo una vez que para hacer buenos retratos hay que ver cómo es la persona y cómo le gustaría ser. Me pareció una frase hermosa y perspicaz, y me pareció una buena definición de mi propio trabajo.

Así que me llevo la réflex al campo con el objetivo chungo que traía de serie y fotografío cosas. Me gusta lo no verbal de la fotografía: cómo te obliga a pararte y absorberte completamente en lo que ven tus ojos, parando por un momento la maquinaria inagotable de la mente. Intentas capturar la sensación en una imagen y en general no lo consigues, pero cundo sucede, o cuando a ti te parece que sucede, es precioso.

El fin de semana pasado fui al Chorro a escalar. Apreté muchísimo y a la tercera vía no podía con mi vida, así que agarré la cámara y bajé hasta el pantano a ver si experimentaba un poco. Me encontraba tan sumamente feliz. Estaba en medio de la naturaleza, acababa de encadenar una vía bonita y moderadamente exigente. Me rodeaban personas lindas y alegres y me había comido un trozo de tarta de chocolate, naranja y nueces demasiado buena para pertenecer a esta realidad.

Bajé por el sendero, llegué a los coches y miré a mi alrededor. Mis ojos capturaban las imágenes y la luz, y después lo que salía en la pantalla de la cámara me resultaba preocupantemente limitado. Saqué las furgos de frente, con la enormes y hermosas paredes de escalada al fondo. Enfoqué las hojas de olivo con el pantano detrás. Caminé hacia la orilla, me saqué los zapatos y metí mis pies doloridos en el agua, pensando en que les voy a coger cariño hasta a los juanetes que te hacen los gatos. Me tumbé en la arena, me agaché sobre las piedras, intenté buscar distintos enfoques, diferentes ángulos. No sabía lo que estaba haciendo, en realidad, pero ya lo descubriría.

Me lo paso bien haciendo fotos. En algún punto me apuntaré a hacer un curso de una semana que dan en Cádiz y que tiene bastante buena pinta. Seguro que así le saco más rendimiento a mi cámara y a mi objetivo chungo. Pero ahora mismo me resulta muy placentero ir por ahí sin exigencias, sin demasiadas herramientas, sabiendo poca cosa más que regular la luz manejando el diafragma y el obturador de forma medio intuitiva. Pero me zambullo en la realidad y busco mi propia mirada de las cosas. No me exijo nada porque no tengo nada.

Aquí os dejo algunas muestras de la tarde del pantano. No tengo ni zorra de procesamiento fotográfico, por cierto, así que están tal cual, con alguna intervención del botón "mejorar" que trae el iPhoto. Lo importante para mí es que esas imágenes están ahí y me recuerdan una tarde linda, un momento solitario y feliz, vagando con la cámara mientras el viento me zumbaba en los oídos, con las paredes de escalada vigilándome eternas y serias, con mis amigos divirtiéndose a lo lejos y la luz de la tarde atravesando los olivos de mi preciosa tierra andaluza.







Mi magnesera querida, que me da apoyo físico y psicológico cuando las vías se ponen chungas.

La orillita. Paso de sacar mis pies, que salen feos.


Amo los olivos. Punto.


Al fondo, Desplomilandia. Preciosas y sombreadas paredes malagueñas.



Y ésta es mi foto favorita del finde. Que estará sobreexpuesta y lo que queráis, pero me da exactamente igual. Blanca se llenó de sol y ese momento no se me olvidará nunca.

jueves, 13 de octubre de 2011

Para Tatiana y su hija

He empezado a escribir un post para Tatiana y luego lo he borrado. ¿La razón? Que he comenzado a sentir una incomodidad extraña. No sólo por escribir sobre el Acné del Averno, que de por sí ya me resulta complicado, sino por escribir sobre el Acné del Averno y mi madre. Luego he dado un par de vueltas por la casa, me he lavado los dientes, me he mirado al espejo, he reflexionado y me he dicho: va, Marina, escríbelo. Luego ya decidirás si lo publicas, pero debes escribirlo y atravesar esa sensación de incomodidad.

No estoy segura de saber qué consejo dar a los padres cuyos hijos tienen problemas de salud. No tengo hijos, y por lo que me han dicho es una experiencia que no se parece a nada. Sí puedo contar en algo mi experiencia como hija con problemas de piel. También hay que tener en cuenta que no creo que sea igual tener una hija con acné que una hija con cáncer, pero bueno; es mi tema y es de lo que puedo hablar.

Ya he comentado que los problemas de piel son un tipo especial de problema. La piel es la barrera que te separa de los demás, y se pasa mal por ella en la medida en que se pasa mal por los otros. Nos daría igual tener acné si no hubiera nadie para verlo: es la reacción de los demás ante nuestra piel, o más bien la reacción que pensamos que tendrán los demás ante nuestra piel, lo que tememos de verdad.

Cuando, además de afrontar nuestro propio dolor, tenemos que afrontar el de las personas que nos quieren, se vuelve doblemente duro. En el caso de mi madre, ella me veía y me ve sufrir tanto por mi piel que tiene el mismo pánico que yo a que empeore. Lo ha pasado igual de mal que yo o peor con cada rebrote maligno. Llegamos a un punto en el que una de las cosas que más miedo me daba de empeorar era decírselo a mi madre. No quiero que esto se interprete como que ella ha actuado mal o ha tenido la culpa de nada, porque siempre me ha apoyado muchísimo en todo este tema, tanto emocional como económicamente. Pero sí es verdad que a veces su angustia me angustiaba.

Tatiana: por mucho que sufras por tu hija, no puedes sufrir tanto como ella. No le hará ningún bien. Es su piel y es su problema, es decir: no puedes apropiarte de él. Es bueno que trabaje el aspecto psicosomático del asunto: no sólo hasta qué punto puede influir lo psicológico en la enfermedad o sus manifestaciones, sino también la aceptación y la capacidad para convivir con ella. A ti te toca también trabajar esa aceptación. Si ella percibe tu pánico, el suyo crecerá. Necesita espacio para poder sentir su dolor y su miedo sin que a ti te aterre.

Cuando dejé la píldora, una de las cosas que más me importaba era que mi madre supiera que yo estaba bien. Se lo decía cada vez que hablábamos por teléfono: "Creo que va mejor, creo que está funcionando". Entonces me di cuenta de que mi piel empeoraba sospechosamente cada vez que iba a Málaga, y que era lo que más me preocupaba antes de ir allí. Necesitaba demostrarle a mi madre que estaba bien y que controlaba la situación, que había tomado la decisión correcta y que sabría salir de aquello. No deja de ser curioso cómo eso se puede extrapolar a más facetas de mi vida, no sólo a la piel.

Al final, una de las veces que fui a Málaga me senté con mi madre y le dije que necesitaba que no se preocupara por mí. Que a lo mejor mi cara empeoraba, pero que no era tan terrible y que la necesitaba tranquila para poder seguir buscando una solución. No sé exactamente cuáles fueron las palabras que utilicé, pero el mensaje era ése. Ella me dijo: "si yo sé que a ti no te preocupa, a mí no me preocupa". "A mí no me preocupa", dije yo, y ahí zanjamos el tema.

Me da la impresión de que desde entonces ha disminuido la importancia que mi madre le da a mi acné. El otro día hablábamos por teléfono y yo le dije que tenía la cara mucho mejor. "Yo creo que eso ya se te está quitando, Pitu", dijo ella, como si el acné fuera un problema común, corriente y transitorio en lugar de la Enfermedad Maligna y Temible con la que hemos luchado toda mi vida adulta. Quizá lo sea. Y después pasamos a otro tema y punto.

Los hijos tienen que luchar sus propias batallas y ya tienen bastante con su miedo. Eso no quiere decir que haya que trivializar su sufrimiento, pero tampoco hay que apropiárselo. No serás mejor madre por sufrir tanto como tu hija, así que no hagas que ella lleve también el peso de tu miedo sobre sus hombros. Es chungo tener problemas de piel, pero todos tenemos problemas. Tu hija se tendrá que enfrentar a muchos de ellos y tú no podrás protegerla. Su enfermedad será una manera de aprender y de crecer, y en ese proceso tú podrás estar con ella, pero no podrás ser ella.

Como tú muy bien has dicho, podría ser peor. Se puede vivir una vida feliz y hermosa con la piel chunga. Se puede amar y ser amado, ser puede una sentir guapa y estupenda y digna de aprecio. Tu hija es preciosa, seguro, y si tú puedes ver su belleza podrás ayudarle a que ella también la vea. La vida está llena de cosas hermosas, más allá de unas manchas o unos granos en la piel, y debemos ser agradecidos.

Espero de verdad que tu hija mejore y que las dos consigáis salir de ésta. No os deis por vencidas. Explorad distintos caminos, trabajad por una solución o por un alivio sin olvidaros de vivir el presente. Siento que tengáis que estar pasando por esto, pero seguro que saldréis fortalecidas. Y de verdad que os deseo lo mejor.

Os mando un abrazo grande, grande.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Lo que de verdad quiero escribir

Llevo una hora intentando escribir. Lo juro. Pero estoy muy cansada. Muy, muy cansada. Iba a escribir cuatro frases para disculparme, pero de alguna forma siento como si eso fuera darme por vencida y me deprime. Así que utilizaré la técnica de "lo que de verdad quiero escribir". Consiste en empezar con esa frase y darle un poco a la escritura automática, sin pensar demasiado. Quizá el resultado sea confuso, así que os pido disculpas de antemano.

Lo que de verdad quiero escribir es que DDM es rubio y me encanta. Que hoy pensaba: "me gusta tu fenotipo", mientras le veía escalar sin camiseta y me fijaba en su piel pálida y un poco pecosa, su pelo claro y cortito y sus ojos azules o verdes, no lo tengo claro, mirando atentamente la roca. Me recuerda a algún actor/cantante americano, pero quizá no sea a ninguno en concreto, sino al concepto de actor/cantante americano. Cuando sonríe me destruye. Al mismo tiempo, no creo que vaya a salir nada de esto, no sé por qué. Lo intuyo, punto.

Lo que de verdad quiero escribir es que hoy iba pensando que escalar tiene todo lo que tiene la vida en dosis pequeñas. Tiene miedo, superación, autoconocimiento. Amigos, campo, planes, emoción. Adrenalina, refuerzos positivos, castigos inmediatos. A lo mejor por eso hay quien vive para escalar: porque, realmente, cuando te metes en el asunto no parece que te haga falta mucho más. Pero tranquilidad, que no pienso dedicarme sólo a escalar y escalar como si no hubiera un mañana. Que todavía me gusta la vida cuando no incluye cuerdas.

Lo que de verdad quiero escribir es que me gustaría muy mucho que las cosas con J. hubieran salido bien. Con J. o con alguien. Me gustaría no tener que recorrer el camino hacia volver a conocer tanto a alguien y que ese alguien me conociera a mí y supiera de mi vulnerabilidad. los comienzos me asustan, me inquieta volver a ponerme en esa cuerda floja en la que cada cosa que dices o haces te puede inclinar hacia el vacío.

Lo que de verdad quiero escribir es que ser tierno no es más que reconocer que el otro, como tú, está roto y es frágil, y que eso no es una debilidad ni una vergüenza: es bonito. Por eso no podría convivir con la falta de ternura: porque necesito que alguien entienda a esa parte de mí que está rota.

Lo que de verdad quiero escribir es que la vida me supera, me arrolla, me pasa por encima como un tsunami gigante, y si tan sólo pudiera pararla un rato, ponerla en pause para reflexionar un poco, para que se asiente todo lo que vivo y siento antes de que nuevas vivencias y experiencias tomen el sitio de las anteriores a toda velocidad... O al menos pasar rápidamente al final de la película y ver que todo sale bien, para después volver al principio y ser espectadora de mi propia vida, tranquilamente, sin aprensión, comiendo palomitas en la cómoda butaca de mi mente.

Proyecto

Ciruelos y ciruelas:

Llevo ya un tiempo barruntando la idea de escribir un blog sobre psicología/autoayuda/espiritualidad/crecimiento personal, llámalo X. Me gustaría enfocarlo de manera distinta a lo que ya hay: que fuera algo divertido, pragmático y un poco extremo, ya me conocéis. Por un lado lo quiero hacer por gusto, pero también con vistas a mi desarrollo profesional, es decir: darme a conocer, poder publicar artículos en plan divulgativo en otros medios, gestar el embrión de un best seller millonario que me permita vivir sin dar golpe... etc etc. Todo esto poco a poco y como vaya surgiendo.

Me gustaría que me contarais si, conociéndome ya bastante y habiendo leído artículos míos de ese estilo, podría ser interesante crear algo así. Si os gustaría leerlo. Qué os gusta más y qué menos cuando escribo sobre esos temas. Qué enfoque podría adoptar, qué tono, si estaría bien incluir anécdotas mías, anécdotas de pacientes... lo que se os ocurra. También me sería muy útil un título.

Mañana prometo volver con un post más enjundioso, o algo.

Gracias de antemano y buenas noches.

Os quiero.

lunes, 10 de octubre de 2011

Supervivencia emocional III: Sobre seguridad y protección

Al final sí que está adquiriendo esto toda la pinta de convertirse en una magna obra de la autoayuda al límite... Anónimo76: tienes derecho a parte de los beneficios.

La mayoría ya sabéis, o intuís, que he tenido una especie de desengaño pseudoamoroso en las últimas semanas. Después de años repitiendo el bucle de mi vida con y sin J., esto ha sido como recordar de golpe lo maravilloso y lo terrible que puede llegar a ser involucrarse emocionalmente con alguien. Ya estoy mejor, porque yo soy una chica resiliente, pero la semana pasada se me juntó toda esta historia con el síndrome premenstrual y tuve momentos de estar verdaderamente cabreada, desilusionada y triste.

Lo que más me preocupaba del tema no era lo que había pasado, porque al final no tiene remedio y ha sido como ha sido, y porque creo que por una vez en mi vida miserable de ameba del amor he actuado bien casi todo el rato. Me preocupaba no saber cómo iba a protegerme de algo parecido en el futuro. Repasaba todos mis movimientos, mis acciones, lo que había dicho, mis niveles de atención/cariño/pasión. Me preguntaba si había sido demasiado clara, intensa, directa, arriesgada, llámalo X. Por más vueltas que le daba, siempre concluía que lo haría todo otra vez más o menos igual, y eso me angustiaba a morir porque quería encontrar la forma de evitar sentir de nuevo ese dolor.

Esta mañana he ido a Sevilla con José Luis a un curso de sistémica sobre terapia de pareja. Mi profesión es TAN bonita. El ponente de hoy era un poco monótono, pero me encanta tener un trabajo donde la gente se reúne durante horas a debatir cómo puede hacer que otra gente se sienta mejor. Es como que te chorrea el buen karma por las sienes.

El ponente ha dicho que una de las labores del terapeuta es construir significados nuevos. Darle una narrativa distinta a los mismos hechos, de forma que lo que ha pasado sea menos doloroso porque se puede entender. A veces es tan sencillo como eso. Una parte importante es quitarle al otro la intencionalidad negativa. El otro no nos hace daño porque nos odie ni porque sea una mala persona. Lo hace porque lleva su propio equipaje y porque sufre; la mayoría de las veces apenas tiene que ver con nosotros.

Me ha gustado esa visión tan compasiva de la terapia. Ayudar a construir una comprensión del sufrimiento del otro: generar empatía, disolver el rencor y la rabia, ayudar al perdón. Son cosas que le molan a la yo pseudobudista, que quiere ser toda amor aunque luego le pegue un par de gritos a los viejos que conducen vespas con cascos de mediohuevo.

A mitad de la conferencia he salido a tomarme un café de máquina porque me estaba quedando sopa después del madrugón. He sacado un capuchino de esos liofilizados y asquerosos y me he salido a la parte delantera del aulario del Virgen del Rocío. El sol ya empezaba a calentar y las estudiantes de medicina paseaban sus melenas larguísimas por las aceras del campus. He pensado que todo eso de la compasión es cojonudo, y que yo siento empatía por los teleoperadores, los perros y los bancos del parque, pero que sigo teniendo la misma duda. Cómo cojones me protejo yo. La semana pasada me vacunaron contra la gripe, ¿no hay vacuna contra el desamor? Que me la pongo aunque sea cara.

Entonces, justo ahí, sosteniendo mi vaso de café mientras contemplaba a la gente, he tenido una revelación. Tú ya te has protegido, Marina. Lo has hecho bien. Has vivido la situación, has calibrado los riesgos, has decidido dar y has dado mucho. Te ha costado un poco, pero cuando la cosa se ha puesto chunga has sido capaz de analizar la realidad, hacerle caso a tu corazón y bajarte del tren cuando no te molaba la estación a la que se dirigía. Has sabido protegerte. Lo que pasa es que no es lo mismo protegerse que blindarse. No es lo mismo no sufrir que no sentir.

Es como en la escalada. Ya te puedes poner arneses, cuerdas y cascos, que escalar duele. Lo sentimos, pero es así: te duelen los dedos, se te pelan las yemas, se te cansan los músculos, tienes agujetas, te golpeas las rodillas si como yo eres medio monguer y apoyas mal los pies. Escalar duele y vivir duele. No hay más cojones. Vives y te estás muriendo, ¿qué quieres que te diga? ¿Que hay una manera de pasar por la existencia sin mal de amor? ¿Sin que te duela perder a alguien que te gusta? ¿Sin experimentar decepciones, vacíos, inseguridades y miedo? Pues no creo que exista, Marina, francamente.

El otro día me miraba la quemadura que me hice en la pierna con la cuerda de escalada hace ya casi un mes y que está ya prácticamente curada, aunque me ha costado penar tela con el Furacin y sus muertos. Me encantan las costras y observar cómo se cierran las heridas: me enseña que la naturaleza del cuerpo es sanar, si se hacen las cosas bien y se espera lo suficiente.

El corazón también sana, y lo hace mejor si las heridas son limpias.

Sé protegerme. Por eso arriesgo.