massobreloslunes

lunes, 24 de octubre de 2011

Mi puntito nazi, 1: el clima

Lectores y lectoras:

Yo sé que desde aquí doy la impresión de ser una persona tope de flexible, compasiva y dulce, pero en realidad siempre he tenido un carácter muy regulero. Yo le decía a J. que soy como un chile relleno de caramelo, y él me contestaba que soy más como un chile relleno de tabasco. Lo que pasa es que con el tiempo he conseguido reprimirme autogestionarme, y creo que cada vez va siendo más fácil convivir conmigo. Ser flexible y dulce no sólo es bueno para los demás: también lo es para ti y aumenta tus niveles de felicidad.

Problema: hay ciertos temas que me ponen violenta. Yo lo llamo "mi puntito nazi", porque cuando salen esos temas me vuelvo rígida/agresiva y no hay quien me baje del burro. Ejemplos de mi puntito nazi son los perros (¡¡deportación ya!!), la música (¡¡prohibiría todas las emisiones musicales sin auriculares!!), las obras (¡¡todo está bien como está ya!!), el sueño (¡¡si quiero dormir, quiero dormir y punto!!) y algunos otros temas que ya se me irán ocurriendo para esta magna serie que empieza hoy.

Hoy vamos a hablar de mi puntito nazi con el clima. Para mí el clima ideal es sol TODO EL RATO y que nunca haga demasiado frío. Un poco de fresquito por la tarde-noche, nubes inofensivas que hagan bonitos los atardeceres y un mes o así de frío extremo para no aburrirse. Punto.

Hay que tener en cuenta que soy andaluza, y más concretamente malagueña. Yo vivo con la suposición de que el sol brillará en el cielo por defecto. Hago mis planes sin mirar el tiempo, porque el nublado es raro y la lluvia es como de ciencia ficción. Pierdo los paraguas siempre porque los uso dos veces al año y no recuerdo que me lo tengo que llevar de los sitios. Además, como buena andaluza, cuando llueve me paralizo y no hago nada de lo que tenía planeado. Para qué, si sé que mañana o pasado volverá a hacer bueno.

Fijaos si la lluvia tiene poco que ver conmigo, que cuando vivía en Málaga no tenía zapatos impermeables. Si llovía pues que se mojaran; ya se secarían. Luego llegué a Granada y conocí la hostilidad de su climatología. Allí descubrí que hay zapatos que ¡oh, maravilla!, mantienen tus pies secos cuando llueve: fue un antes y un después. En Granada me compré gorros, guantes y bufanda, descubrí que puede hacer frío aunque haga sol, invertí en un nórdico cuando me dolía el cuerpo de tiritar y gasté más dinero en calefacción que en comida. Y tiene su punto, que conste. A veces echo de menos el frío extremo, sobre todo porque opino que los gorros me favorecen.

Aquí en Cádiz la lluvia es el mal. El Mal Pluvial. Hoy por ejemplo: no he ido a trabajar porque estaba saliente de guardia. Pero es que no tengo ni puta idea de cómo me habría apañado para llegar si hubiera tenido que ir. Esto parecía el Apocalipsis. En Cádiz siempre hay viento, así que cuando llueve pues hay lluvia con viento. Ni el paraguas te va a servir para nada ni existe forma humana de que no te mojes. Hagas lo que hagas, en cuanto pases dos minutos en la calle te convertirás en un desecho humano empapado y lastimoso, y más si como yo tienes gafas y cuando se te mojan te sientes como una disminuida. Luego llegas al curro y está todo el mundo secándose los pantalones en el secador del baño, y el ambiente se llena de un espíritu colectivo de damnificados de catástrofes bastante curioso.

Así que yo paso de que llueva. Un día de lluvia al año, vale, rollo simbólico, para cuando consiga un maromo y me pueda pasar la tarde teniendo sexo romántico tras los cristales empañados. Para lo demás no le veo la gracia. No puedo coger la moto. No se puede pasear, ni escalar. Es incómodo, es molesto, hace humedades y goteras, inunda los campitos ilegales de Chiclana. Y me entristece oír llover; no sé, es como si alguien llorara todo el rato.

Mi experiencia lluviosa más intensa ocurrió hace dos inviernos, cuando el anticiclón de las Azores se desplazó y Andalucía sufrió lo que se conoce como la Galleguización. Ahí pude vivir lo que es pasarte semanas sin ver el sol y no me gustó un pelo. Me acostumbré a llevar el paraguas en el bolso. Junto a mi urbanización nació un riachuelo y podías ver las chumberas creciendo entre praderas de hierba exuberante. Se demostró mi tesis de que el norte no tiene mérito: si llueve, esto se pone igual de verde y de bonito. Tienen mérito esos olivos recios y austeros, consiguiendo no morirse después de seis meses sin que caiga una gota. Eso es una maravilla de la naturaleza.

No os creáis que no me preocupa que no me guste la lluvia. Es como que me gusten los guapos: me limita. No me hallo viviendo en sitios con menos de trescientos días de sol al año, y esos sitios son pocos.

De momento, y como tengo pasaporte gaditano hasta 2014, me limitaré a disfrutar de este clima bendito y de tener que quitarme el abrigo en enero bajo el sol del mediodía. Qué queréis que os diga. La lluvia horizontal es un precio pequeño a pagar por tener esta luz milagrosa haciéndole de prozac natural a mi maltrecho cerebro.

domingo, 23 de octubre de 2011

Las cosas claras y el paleocao espeso

La verdad la verdad, la pura verdad, es que a mí no me gusta el tonteo. El rollito de sí pero no, de te pongo ojitos y me hago la tonta. Igual es porque no se me da bien. Yo soy más de "aquí estoy yo, esto es lo que hay, si te gusta bien y si no tú te lo pierdes". Esta intensidad casi agresiva a la que os tengo acostumbrados, y que no es exactamente un imán para el global de los tíos.

Pero yo qué sé. A mí me gustan las cosas claras. Para empezar, si por mi fuera, todos llevaríamos brazaletes que indicaran nuestra situación sentimental. Algo así como:
Verde: Libre, disponible, me puedes entrar tal cual.
Rojo: Con pareja, asexual o tan emocionalmente destruido que no tienes ninguna esperanza conmigo.
Ámbar: relación complicada y a punto de acabarse, todavía pienso en mi ex, no tolero la intimidad o cualquier otra situación compleja que implique que te puedes acercar a mí, pero con precaución.

Además, nos diríamos nuestros sentimientos y expectativas con sinceridad. Anda que no sería todo mucho más fácil si yo pudiera hablar con DDM y decirle: "mira, DDM, me pareces guapo a reventar, me encanta tu fenotipo y encima eres muy listo y me estimulas el cerebro. De momento no busco al padre de mis hijos, pero querría conocerte más, psíquica y bíblicamente. Si te parece, vamos a ir teniendo sexo salvaje y luego ya veremos lo que hacemos." Entonces él podría contestarme: "Marina, me caes muy bien, pero por alguna extraña razón las rubias listas y divertidas no son mi tipo", o bien "venga, tía, vámonos a la cama con un paquete de condones y una caja de muesli y olvidémonos del mundo".

¿Cómo sería el mundo de las relaciones con una política de sinceridad controlada? Tampoco es plan de ir diciendo las cosas por ahí a lo crudo, que luego duelen. Pero cierta llaneza, cierto evitar perder el tiempo con rodeos inútiles, no estaría mal. También me pasa que yo creo que decido demasiado rápido si un tío me atrae o no, y a lo mejor a los demás no les pasa lo mismo y necesitan ese tiempo de cortejo danzante.

En fin. Escribo todo esto porque he pasado la tarde con DDM en el roco y vengo como superperturbada, y si no desfogo con vosotros, lectores, ya me diréis con quién. Me destruye su sonrisa, en serio, y me gustan su espalda y sus juegos de palabras. Y no quiero sufrir. Ni siquiera mínimamente. Ni siquiera el sufrimiento pequeñito de no gustarle a alguien que te gusta. En lo que a supervivencia emocional se refiere, estoy como cuando acabas de probar una vía y te has pegado un vuelo importante, y entre el miedo que has pasado y lo destruidos que tienes los antebrazos, necesitas recuperarte un poco antes de volver a intentarlo. Por mucha motivación que tengas y por mucho que te guste escalar.

Ojalá pudiera retirarme a un convento con rocódromo. O blindarme el corazón a base de cinismo y Houellebecq. O tapar la sonrisa terrible de DDM con esparadrapo del que me pongo en las heridas de los dedos.

De momento, me voy a ir a dormir, que estoy peligrosamente cerca de empezar a criticar al que inventó la reproducción sexual y cantar las maravillas de las esporas.

sábado, 22 de octubre de 2011

Turismo


Hoy te voy a enseñar Cádiz.

Empecemos desde mi balcón. Es temprano y tendrás sueño, pero merece la pena madrugar, porque aunque no sé si los amaneceres de Cádiz son los más bonitos del mundo, seguro que entran en el top ten.

Primero sal a mi terraza. Está empezando a clarear, y se ven los tejados blancos bajo el cielo azul pálido. Cádiz es blanco y azul: blanco el cielo, azules los edificios del centro. Blanca la luz, azul el mar. Mar es una palabra que vas a leer mucho hoy, así que ve acostumbrándote.

Respira, respira. Ya puedes oler la sal en el aire. Mi calle es peatonal, estrecha y un poco sucia. Esta ciudad es un poco sucia, en general; en parte porque por aquí somos así de descuidados, en parte por el viento inutilizando las papeleras. Podrás ver a algún trasnochador con la camisa abierta y los pelos tiesos, o a algún madrugador que se va a pescar o a mariscar. Empieza a conocer a la gente de Cádiz, que es alegre y desastrosa y tranquila y un poco pintas.

Venga, va, vístete. Vamos a la calle, que con un poco de suerte vemos salir el sol por detrás de la catedral. Caminemos dos minutos justos hasta el malecón: un lujo sin mérito, porque desde casi cualquier punto de Cádiz te basta andar diez minutos en línea recta para ver el mar. Ahora estamos en el Campo del Sur: no te confundas, no lo llames Paseo Marítimo, que se darán cuenta de que no eres de aquí. Es tempranito y es sábado, así que quizá haya alguna bicicleta suelta o un paseante madrugador, pero casi seguro que podrás conocer el silencio suave de las olas batiendo contra las rocas.

Paseemos un poco. Mira qué cielo lindo he puesto para ti esta mañana. Nubecitas de algodón como emborronadas con el dedo, y que a medida que amanece se van tiñendo de rosa, naranja, azul y malva. Hemos tenido suerte, porque aquí casi nunca hay nubes y la luz, esa luz antidepresiva, brillante y blanca como en los cuadros de Sorolla, te hiere las retinas y hace relucir los tejados que te enseñaba hace un rato. Ya sé que no puedes creerte lo bonito que es el paisaje que forma la curva de la ciudad bajo el cielo de colores, y esa catedral salvaje erguida entre las palmeras. Pues éste sólo es un mar, el mar de amanecer de sábado con nubes desde el Campo del Sur. Cádiz tiene miles.

Venga, cambiemos de dirección. Vamos a la Caleta. Quizá ya haya gente mariscando en las rocas si está la marea baja. Como es otoño y parece que por fin ha entrado el frío, no vas a poder ver la Caleta extrema, ese lugar que amenaza y conmueve en los meses de verano, con su pavorosa sobreocupación, sus viejas morenas jugando al bingo, sus niños calentando con pis el agua casi estancada de la playa. Ahora habrá paseantes tranquilos como nosotros, que hacen despacio el camino hacia el castillo mientras escuchan cómo les zumba en los oídos el viento de poniente. En este lugar puedes conquistar el silencio. Soy una yonqui de él, ya lo sabes, así que cuando descubrí que podía encontrarlo a diez minutos de mi casa me hice fan de este camino. Me venía en las mañanas soleadas de invierno y me apoyaba a leer en el muro de ladrillos, con los pies descalzos hundidos en la arena. Luego me metía en la orilla y me mojaba las manos y la cara: lujos de sur en enero.

Sigamos bordeando la Caleta y pasemos sin pararnos junto al Parque Genovés. Otro día tocará subir por detrás de la cascada a mirar la bahía. Pero no tenemos todo el tiempo del mundo y hay que elegir, así que vamos caminando hacia el Baluarte de la Candelaria. A medida que nos acerquemos al puerto te iré señalando los sitios: aquello es Rota, ahí está El Puerto de Santa María, ahí Puerto Real. Estás desorientado, seguro, porque Cádiz es un sitio raro, nada más que agua y más agua por todas partes, y cuando no es malecón es playa, o bahía, o marismas. No pasa nada: maréate a gusto en mi ciudad-barco. Déjate llevar. No hace falta que te orientes: estás aquí y no te vas a ir a ningún sitio.

¿Suficiente mar? Todavía queda, pero vamos a meternos un poco hacia la tierra. Aunque no vas a dejar de sentir el mar: sencillamente, no hay espacio bastante como para que dejes de olerlo e incluso de ver en el aire la luz que refleja. Pero vamos a contemplar cómo se despierta Cádiz. Las calles empiezan a llenarse de señoras que van al mercado o, mejor dicho, a la plaza. Las ves caminar esforzadas y morenas con los carritos de la compra vacíos. Luego volverán y les asomarán las hojas verdes de las zanahorias y las cebolletas por debajo de la tapa.

Las calles se atascan porque la gente se para a charlar. Se encuentran debajo de los balcones o en la puerta de las tiendas, se dicen lo mayores y guapísimos que están los mutuos niños y se cuentan cómo anda el resto de la familia. Sortea esos grupos de gaditanos socializantes y vamos a la plaza. Quizá quieras tomar un café primero: dicen que el de la Marina, en la Plaza de las Flores, es el mejor de Cádiz, así que vamos para allá, aunque sólo sea porque se llama como yo, por mirar el color de los puestos y por llevarnos media docena de claveles para ponerlos en mi salón.

¿Qué tal el café? ¿Estaba rico? Quizá te haya dado por tomar un mollete con aceite, tomate y sal. Como en Andalucía no se desayuna en ninguna parte, lo digo siempre. En la puerta de la plaza verás puestos piratas de erizos, camarones, caracoles, especias, ñoras, frutos secos. Hay quioscos de pájaros, cuchillerías, panaderías y hasta una churrería que ya a esta hora tiene una larga cola de hombres muertos de sueño, porque casi siempre son hombres los que compran churros, fíjate la próxima vez que vengas. También hay algo que a mí me parte el corazón y que no sé si se está viendo en otras ciudades: gente que vende sus cosas, las suyas, y cuando ves las mantas extendidas en el suelo y cubiertas de adornos baratos, libros viejos, cargadores de móviles y cintas VHS piensas que la vida de verdad se está poniendo muy dura. Pero no te entristezcas, hoy no; ven conmigo a la plaza y vamos a comprar pescado.

El mercado es amplio y luminoso. La fruta y la carne están en los pasillos de fuera y el pescado en el central. No te puedes creer la buena cara que tiene todo, ¿verdad? El colorido del marisco ya cocido, cómo reluce la carne blanca del cazón, las percas rosadas, el atún brillante y rojo. El bullicio, los diálogos fluidos que hablan de precios, pesos y tipos de corte. Compremos chocos, que son baratos, y un par de rodajas de salmón, que es caro pero está riquísimo, y langostinos para darnos un homenaje. Luego vamos a mi casa a meterlo todo en el frigo y a recuperar fuerzas antes de seguir.

Cojamos el coche. Tienes que verlo todo. Salir de Cádiz por la Avenida es la muerte, lo sé, pero disfruta de esta geografía curiosa, de la sensación de abandonar un barco y volver a tierra firme. Podemos salir hacia San Fernando o hacia Puerto Real y tendrás cuatro mares más para nuestra colección. Por San Fernando, el Atlántico libre a un lado y la bahía al otro; por el puente de Carranza, otros dos trozos de bahía partidos por la mitad y las gaviotas volando contigo al ras del techo de tu coche. Alucinarás todo el rato, no sabrás hacia dónde mirar, conducirás girando la cabeza como en un partido de tenis entre dos aguas. Quizá pienses, como pienso yo a veces, que te vas a volver loco de puro bonito que es todo, pero ya sabes que yo soy un poco demasiado intensa.

Ahora tú eliges. Vamos a la sierra, si quieres, a ver pueblecitos blancos que parecen sacados de un belén, a pasear por los pinsapares y a probar alguna vía en las enormes paredes de caliza. O conduzcamos hacia la playa, en medio del paisaje insólito y terrible que dibujan los pinares y los molinos de viento. Espero que seas capaz de sentir la magia de esta tierra, aunque sople el viento de levante, que no es más que el guardián feroz de lo salvaje. Podemos mirar la duna de Bolonia desde las zona de boulder del Helechal, y después despellejarnos las yemas en bloques de arenisca y caernos riendo entre los crash pads. Y luego caminaremos hacia la playa ancha y solitaria de otoño, meteremos los pies en el agua y tomaremos cervezas en los chiringuitos vacíos. El atardecer en los campos, a la vuelta, es casi tan bonito como el amanecer en la playa, y nos espera una cena de pescado fresco, un balcón abierto y una cama deshecha que da a un patio tranquilo.

Compartiste conmigo parte de tu paraíso. Aquí tienes el mío.

jueves, 20 de octubre de 2011

UCIP

Hay pocas cosas que odie más en la vida que sentarme aquí, escribir durante una hora, releer el post y concluir que es una puta mierda y que no voy a publicar eso, y después ser una samurai de la blogosfera, borrarlo todo y recomenzar. Hoy estoy en ese punto, así que al loro que venimos calentitos.

Quería hablar de mi trabajo en la UCI pediátrica, pero es que me resulta muy difícil escribir sobre las cosas realmente chungas de mi trabajo sin sentir que estoy digamos alardeando de ello, buscándole la estética al sufrimiento ajeno y fardando en plan: mirad qué huevos tengo mirando al dolor a la cara.

[Inciso: Voy a comerme un yogur de limón y a reflexionar sobre el siguiente párrafo. Me caigo de sueño y no me puedo creer que esté haciendo este ejercicio de autoexamen extremo en lugar de publicar cualquier chorrada e irme a sobar. Fin del inciso.]

Vale, bueno, pues vamos a poner una frase verdadera detrás de la otra. Hemingway style.

Mi trabajo en la UCI pediátrica consiste en dar apoyo psicológico a los padres de los niños que están ingresados. Voy allí una vez en semana, pero no todos los días tenemos trabajo; hay épocas afortunadamente tranquilas en las que las camas de la UCI están vacías. Cuando tenemos trabajo es a la vez horrible y precioso. Horrible porque vives putos dramas. Uno de los últimos casos que hemos tenido era un bebé de seis meses con una enfermedad neurodegenerativa mortal. Llevaba un mes agonizando en el hospital. Los padres le alimentaban y le daban de beber pensando en que lo único que conseguían era fortalecer su cuerpo y hacer que tardara más en morirse. Dime tú, como profesional, qué intervención haces en eso.

Pero la haces. Te pones el pijama, te amarras la coleta y te sientas en la silla a aguantar el tirón. No haces más que recibir un dolor que esos padres no saben bien dónde poner. Yo al principio pensaba que el trabajo de la UCI no era muy útil. ¿Qué les dices tú que pueda aliviar su dolor? ¿Realmente hay maneras mejores de afrontar una situación que es objetivamente una putada? Muchas veces los propios padres te lo dicen: "no sé muy bien qué podéis hacer por mí, porque esto es una mierda y nadie va a cambiar eso". Y entonces tú, tócate los pies, no sólo tienes que estar ahí tragando miseria humana, sino que encima sientes que te están haciendo un favor.

Sin embargo, ya os digo: te sientas y aguantas. Y si sabes lo que haces, o incluso aunque no lo sepas: si tienes buena voluntad y te consideras capacitado para llevar en tu espalda parte del dolor de esa gente, se va obrando la magia. Al principio sólo necesitan que les escuches. Necesitan que les oiga alguien que no sea su pareja, que está igual o peor, ni su familia, que vaa medias entre la preocupación, el hastío y los consejos bienintencionados, ni los médicos, que parece que con salvarles la vida a su hijo ya lo han hecho todo. Tu figura como persona ajena a la familia, como persona que no quiere a su bebé más de lo que querría a otro bebé cualquiera, se vuelve valiosa.

La experiencia es preciosa. Yo ya os he contado que entro en momentos de intensidad y presencia verdadera delante de los pacientes, aunque también entro en momentos de "Dios, qué coñazo, sal de mi consulta que me meo", que conste. En la UCI es todavía más fuerte. Miras las caras de los padres, que están pálidos y ojerosos, que no se peinan y se visten de cualquier manera. La realidad adquiere los contornos definidos y brillantes de una película. Escuchas, escuchas, escuchas. Si las pocas frases que dices están bien elegidas, notas el cambio. La magia imperceptible de sentirse comprendidos y compartidos. Se van más ligeros y entonces tú piensas: sí señor, joder, esto sirve, poco pero sirve, funciona, reduce en algo el nivel del putadómetro planetario. Y te levantas orgulloso, sintiendo que esta tarde te has ganado el pan.

Ver a padres hechos polvo y a niños agonizando es muy desagradable y, aun así, yo hoy me siento agradecida. Porque soy capaz de salir del hospital, que es el más feo de Andalucía, by the way, acercarme a la playa, mirar al mar y sentirme contenta. Por debajo de la tristeza gris que me han colgado mis pacientes sobre los hombros, yo todavía puedo ver la alegría. Soy consciente de que mi misión es quitarme ese manto y seguir viviendo, honrar mis circunstancias y la feliz casualidad de que en este momento la desgracia no me haya tocado a mí. Escalar con mis preciosos brazos y piernas.

El otro día pensaba en qué es vivir como si no hubiera un mañana. Como si cada día fuera el último. No se puede vivir así, porque si cada día fuera el último yo me lo pasaría comiendo chocolate y teniendo sexo con algún maromo guapo que se prestara. Hay que vivir consciente de la fragilidad, consciente del abismo y, aun así, alegre y fuerte. Hay que vivir persiguiendo un sentido, y de esa forma, aunque tus días sean monótonos y DDM pase de tu culo y tengas Acné del Averno y te acuestes sola en la cama más cómoda del mundo, te daría igual morirte al día siguiente, porque tienes un propósito.

Hoy he apretado muchísimo en el roco. Apretar es jerga de escalada, y significa ir a muerte, darlo todo. Bromeo con mis rocoamigos con que apretar se está convirtiendo en mi forma de vida y ya aprieto nadando, aprieto escribiendo y aprieto queriendo.Lo he escrito en la pizarra de mi cocina: aprieta, bicho. Ahí está el tema. Vives apretando, vives a muerte, vives dándolo todo aunque darlo todo no signifique más que percibir esta hermosa experiencia humana con todos tus sentidos e intentar aprender de ella.

Y aunque sólo sea por agotamiento, esta entrada se termina aquí. Apretad, bichos, que esto son cuatro días, dos de ellos llueve y los otros dos hay que aprovecharlos para escalar. Real y metafóricamente.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Los detalles bonitos

Pues como no todo en la vida va a ser protestar, hoy os voy a hablar de los detalles bonitos que se repiten a menudo en mi vida. Reflexionándolo me he dado cuenta de que son un montón, y de que vivo a medio camino entre el hedonismo y la indolencia.

El cafelito de por las mañanas. Me rechifla ese momento. Ya os conté que hago café nuevo todos los días sólo para que huela. Mezclo con cafeína y sin cafeína para no convertirme en una verborreica insoportable. Mientras lo preparo me pongo una única canción, porque no me da tiempo a más, y procuro que sea bonita y motivante a la par que tranquila y zen. Le echo leche de coco (no me preguntéis por qué de coco, ya hace tiempo que perdí el norte con el tema de la dieta), abro el ordenador, chateo con Kpot por el facebook y leo blogs. Fuera ya hace fresquito y salgo un rato al balcón para respirar el aire de la calle. Entonces vuelvo a meterme en casa y noto el contraste entre el fresco de fuera y el breve calor con olor a café de mi casita, y me encanta.

Ducharme. Me flipa ducharme y es genial tener que hacerlo todos los días. El agua megacaliente, los champús con olores ricos, los geles suaves, los exfoliantes de vainilla. A veces también me lavo los dientes en la ducha, que es algo que me encanta y no sé por qué. Ducharse después de machacarse en la piscina es aún más fabuloso, aunque últimamente me lo están jorobando porque le han bajado la temperatura al agua, y yo si no está hipercaliente como que no lo disfruto tanto. Pero como estamos hablando de detalles bonitos, no voy a ahondar en el tema.

El momento en que me voy del curro. No nos confundamos: mi trabajo me encanta, y la rotación donde estoy ahora es particularmente tranquila y está llena de gente encantadora. Pero ese momento en el que termina la jornada laboral y salgo del CTA con mi bolso en una mano, las gafas de sol en la otra y una sonrisa gigantesca, y le deseo a todo el mundo feliz tarde o feliz finde, y pienso en que a partir de ahí el día es mío... no tiene precio. Además, trabajar sólo una tarde a la semana ha aumentado mi calidad de vida en diez mil.

Podemos seguir con otros dos momentos fabulosos y diarios: cuando llego a mi casa al mediodía y la saludo, ¡hola, casa! (esto es verídico, saludo a mi casa en voz alta cada vez que llego. No lo hago por ser adorable; me sale solo), y me pongo a hacerme la comida oyendo música mientras picoteo aceitunas y palitos de cangrejo. Luego está el momento en el que con mi tripita llena de paleopapeo me tumbo en el sofá chaiselonguero a dormir la siesta. Bajo la persiana a la mitad, coloco la almohada, me pongo los tapones de los oídos para no oír cómo los de la obra de al lado cortan metal y me quedo dormidita con la tranquilidad de los justos.

El momento de antes de acostarme. Creo que éste es mi favorito. Termino de escribir el post del día y eso me pone de muy buen humor. Escribir casi siempre me hace sentir bien, independientemente del resultado. Dejo de decir chorradas por el chat del Facebook, friego los platos de la cena y apago el ordenador. Me lavo los dientes, recojo un poco el dormitorio, me echo medio litro de colonia de estas gigantes de baño. Echo la llave de la casa y ese gesto me llena de una seguridad tranquila. Y me meto en la cama tapadita con el nórdico, que ya empieza a agradecerse después del verano más largo del mundo. Es genial porque mi cama es muy cómoda y por el silencio: los vecinos duermen, la Viña duerme y por mi calle no pasan coches. Soy una yonki del silencio, así que me tumbo a escuchar su suave inocuidad. Como tengo la conciencia tranquila, me duermo con facilidad, normalmente pensando en post futuros o en chicos guapos.

Más momentos geniales, aunque no se repitan todos los días. Abrazar a José Luis los jueves al mediodía en la UCIP, cuando llega hecho polvo de la URA y me saluda con su "¡Hola, corazona!". Poner las manos ardiendo en la bebida fresquita justo después de apretar en el rocódromo. Volver a Cádiz en la furgo de Irene, cotilleando y hablando de lo tremendo que está DDM. Que me suene el móvil y sea alguna personita linda. Conducir por el Campo del Sur oliendo el mar bajo el sol suave de otoño. Reíiiiirse mucho, todo lo posible, de cualquier chorrada. Encontrar comentarios vuestros en el blog (no es un mensaje subliminal, realmente es un momento muy bonito). El break para comer tortitas de arroz con chocolate a media mañana. Elegir color para pintarme las uñas.

Jo, mi vida es guay. Virgencita, que me quede como estoy.

(Quizá le añadiría un poco de sexo salvaje con DDM, pero por lo demás estoy bastante satisfecha)

martes, 18 de octubre de 2011

Los detalles molestos

Mi amiga Pilar, gran psiquiatra y mejor persona, me dijo una vez que la vida está llena de detalles molestos. Es una frase que se me ha quedado grabada a fuego en el selebro, porque mira que a mí me gusta la vida en general y la mía en particular, pero esos detalles molestos que se repiten todos los días te hacen pensar que, no importa cuánto te lo curres o lo bien que te vayan las cosas: esto de la existencia no está bien inventado.

Detalles molestos de la vida doméstica. Estos son los peores. Creo que nunca, nunca jamás me acostumbraré a tener que limpiar, recoger y hacer tareas del hogar en general el resto de mi vida. Espero ganar lo suficiente algún día para pagarle a alguien y que lo haga por mí, pero teniendo en cuenta que al Octubre Austero probablemente le sigan Noviembre Ahorrador y Diciembre Sencillo, no lo veo muy cercano en el tiempo.

La colada. Me saca de quicio. No sé por qué; creo que es porque consta de pasos diferidos en el tiempo. Es decir: yo para las tareas del hogar tiene que ser que me agarre el impulso y las haga del tirón. Así que cuando me da el impulso de poner la lavadora, todo va bien durante unos diez minutos. Después se me olvida y paso a otra cosa. Para cuando la lavadora termina, yo ya no tengo ni putas ganas de tender. Entonces he de esperar a que me vuelva a dar el impulso mientras me mira con su lucecita roja parapadeante y acusadora cada vez que entro al baño. Tiendo con esfuerzo de titanes y entonces ya paso de destender y la terraza se convierte simplemente en una prolongación de mi armario, hasta que ya no me quedan bragas limpias (lo que yo denomino el Punto Crítico de la Colada) y recomienzo el proceso.

Cambiar el papel higiénico y la bolsa de basura. Curiosamente, sacar la basura no me importa tanto. Me da sensación de "qué buen rollo que los desechos salgan de mi casa puntual e higiénicamente". Pero volver a casa y cambiar la bolsa, no sé por qué, me exaspera. Lo peor es que espero hasta abrir y cerrar el cubo un par de veces para tirar algo y aberrar ante la ausencia de bolsa antes de poner una nueva. Soy lo peor. Lo del papel higiénico es más de lo mismo. He encontrado unos rollos del carrefour que miden en teoría el triple que uno normal, a costa de ser finísimos, claro. Me da igual siempre y cuando maximice el tiempo que tarda en acabarse. Se me está ocurriendo en estos momentos comprar rollos industriales como los de los bares, pero quizá sea excesivo.

Sacar el reciclaje. Dios, esto sí que lo odio. El contenedor de reciclaje está a tomar viento, y nunca mejor dicho, porque lo han colocado en el paseo marítimo y le da un montón el levante. Así que cuando consigo reunir fuerza de voluntad y juntar los diez millones de cartones que he acumulado un mes, salgo al contenedor y el maldito viento me los vuela, con lo que tengo que corretear por la acera recogiendo unos mientras los demás se siguen volando. Reciclar es el maligno. En serio, yo no tengo la puñetera culpa de que los fabricantes lo envasen TODO como si no se fuera a abrir nunca, ni tampoco tengo la culpa de no poder ir ya al mercado los sábados porque quiero escalar. Así que, por favor, un poquito de responsabilidad embaladora o de poner cubos en sitios resguardados.

Lavar los cubiertos. Lavar platos me gusta: es como muy mecánico y además no hay más cojones que hacerlo. No es como por ejemplo limpiar el polvo, que se puede prolongar durante tiempo indefinido. Pero cuando ya tienes todo lo grande listo y sólo te quedan los cubiertos... es lo peor. Es como una propina maligna, y te preguntas cómo lo has hecho para ensuciar tres cucharas, dos cuchillos, un tenedor y el sacacorchos para desayunar. Además, se esconden por lugares recónditos del fregadero para putearte. Tampoco me gusta lavar cacharros muy grandes, rollo ollas y demás, pero creo que eso es por pura incomodidad física.

Pararme en los semáforos. No todo va a ser lo mucho que me aberran las tareas del hogar. Pararse en los semáforos imagino que le incomoda a todo el mundo: por eso es un detalle molesto de la vida. Además, me pasa como con todos los otros detalles molestos: me da coraje TODAS las putas veces. Un poner: la Avenida de Cádiz. No importa lo rápido que vayas o la suerte que tengas: de Cortadura a Puertatierra te van a tocar SEGURO entre tres y cuatro semáforos. Es así, no depende de ti, están programados de esa forma. Pues aun así me creo que podrían no tocarme y me cabreo cuando se me ponen en ámbar.

También me resulta muy, muy molesto tener que subir a los pisos por las escaleras. No sé por qué. Sé que es reciente, pero ahora mismo soy una chica deportista, así que no debería importarme. Hago deporte todos los días, verídico, e incluso hasta podría decir que lo disfruto. Aun así, subo y bajo a mi casa en ascensor SIEMPRE, y son dos pisos. A ver, para ese ejercicio de mierda y para hacer el esfuerzo en momentos en los que no estoy mentalizada, paso y me dedico a ser transportada mientras me miro los bíceps en el espejo.

¿Más cosas? Ponerme y quitarme las gafas cuando me pongo el casco. Que se me quede tieso el flequillo después de la siesta. Los huesos de las chirimoyas, ¿qué le pasaba a Dios cuando las inventó? Los perros. Los perros son muy, muy molestos y no, no me gustan, y no, no pienso que ser un amante de los perros te haga mejor persona. Los abrefáciles que no lo son. Los enchufes difíciles de alcanzar. Ir de copiloto y tener que darle las cosas al piloto porque está conduciendo. Abrir y cerrar manualmente las puertas de los garajes.

Que conste que este post es sólo un break en mi habitual tónica de Dios, cómo flipo con el vivir, y que mañana seguiremos con nuestra programación alegrecompasiva de los últimos meses. De hecho, ya estoy escribiendo mentalmente un post de detalles bonitos que tiene la vida, y que superan con creces a los molestos.

PD: Ésta es la típica entrada en la que no tenéis excusa para no comentar y contarme vuestros detalles molestos, ¿eh? Así que a ver si os comportáis, que los comentarios molan diez mil.

domingo, 16 de octubre de 2011

Por eso me quedé soltera, IV: Mi relación ideal

Últimamente me pasa que ya no busco tanto características concretas en un hombre, sino de la relación que pueda establecer con él. En lugar de hacer listas fastuosas como las cuarenta exigencias de Golfo, pienso más bien en una manera de actuar juntos. En la interacción.

Quiero sinceridad. Que cada paso que demos se base en el intento de ser honestos con nosotros mismos y con el otro.

Quiero tacto. Cariñitos a toneladas. Quiero fisicalidad, que nos toquemos, que nos sintamos, que nos abracemos.

Quiero ternura. Que minimicemos los defectos del otro y amemos sus cualidades. Quiero que mi pareja me mire con cariño cuando soy desordenada, cuando pido más chocolate o cuando me golpeo con el quicio de la puerta porque no tengo equilibrio.

Quiero respeto. Que siempre nos hablemos con consideración y tacto. Que no nos critiquemos nunca delante de otras personas, porque no nos sale. Que no perdamos los papeles ni en la peor de las discusiones.

Quiero humor. Mucho humor. Mucha alegría. Risas, juego, tomarnos la vida en broma, reírnos de los chistes malos, despertar riendo, follar riendo (también se puede follar serios de vez en cuando, que tiene su punto).

Quiero comunicación, lo que no quiere decir hablar obsesivamente de nuestros sentimientos todo el rato. Creo que si los sentimientos están claros y si uno tiene en cuenta el punto 1 (la sinceridad) no es necesario. Pero quiero que estemos en contacto, que nos queramos con palabras. Y, por el amor de Dios, quiero que me conteste los mensajes. Siempre.

Quiero que no haya luchas de poder. Que seamos generosos. Que no se nos olvide el otro y que empaticemos.

Quiero independencia pero quiero que contemos el uno con el otro. Que sea factible cambiar los planes por el otro, esforzarse un poco, sacrificarse a veces. Quiero tener un hueco en la vida de mi pareja. No quiero ser su prioridad siempre, pero sí a veces.

Y que nos admiremos. Que seamos nuestras mutuas personas favoritas. Que sepamos apoyarnos sin asfixiarnos.

Lamentablemente, no tengo claro que esto me vaya a ocurrir y, de hecho, por eso esto va archivado en la saga de "por eso me quedé soltera". Porque, seamos sinceros: la gente está como unas maracas. Los guapos están todos neurotizados. Los buenos están todos pillados, pero los solteros son todavía peores, porque están recubiertos de múltiples capas de despecho y cinismo.

Si confío en un rincón de mi ser es porque, por lógica, pienso: si yo, que soy fabulosa, estoy soltera y disponible y sé querer y existo, debe de haber por ahí otro chico que sea fabuloso, esté soltero, disponible y exista. Y seguro que va buscando a una chica como yo. O quizá no, claro. Yo qué sé. Hoy estoy tan cansada que me siento como drogada. Y no sé ni siquiera por qué he escrito este post. Es un poco absurdo esto de planear cosas o soñar con cosas que no sabes siquiera si van a ocurrir.

En fin. Feliz lunes.