massobreloslunes

sábado, 27 de octubre de 2012

Libertad y decisiones (II)

Oiréis mucho eso de "no hay decisiones buenas o malas", pero yo no me lo creo. Creo que hay opciones que llevan a experiencias más agradables, placenteras, significativas o llenas de sentido que otras. Hay vidas que me gustan más que otras. El relativismo no es una opción útil; lo que sucede es que carecemos de material para comparar el resultado de nuestras acciones con las alternativas en nuestro caso particular. Sólo podemos comprobar una hipótesis en cada momento. Pero podemos comparar la existencia que llevamos con nuestro sistema de valores, hacer un recuento de nuestros niveles de bienestar y alegría, y concluir si una decisión del pasado ha sido buena o mala.

Yo creo que, en general, las decisiones que me han llevado hasta aquí han sido buenas. Mi existencia va de acuerdo a mi sistema de valores. Mi bienestar y mi alegría son elevados. Y quiero creer que lo bueno en esas decisiones era su motivación. Cuando volví a Granada en cuarto de carrera, cuando me decidí a estudiar el PIR y cuando elegí la plaza aquí, el principal motivo que resonaba detrás era tener independencia. Ser independiente no es lo mismo que ser egoísta. No quiere decir no tener en cuenta los sentimientos de los demás o no hacer concesiones. Tal y como lo entiendo ahora, uno conquista la independencia a medida que es capaz de plantearse más y más cosas de la forma más libre de prejuicios posible. Y justo cuando uno es capaz de plantearse las cosas con sinceridad y sin ataduras, de adoptar posturas que siempre le habían parecido absurdas porque ahora le funcionan: sólo desde ahí, desde lo que uno elige con libertad, puede ser todo lo que quiere ser y dar a los demás todo lo posible.

Si rastreamos nuestro sistema de creencias, es fácil darse cuenta de lo condicionado que está por lo que oímos de pequeñitos y por lo que nos transmiten nuestros mayores. Yo estoy intentando pensarlo todo por mí misma, ser flexible y capaz de cambiar mis ideas a medida que las contrasto con mi experiencia. Como ejemplo, he aquí algunas reflexiones sobre temas candentes en la existencia de cualquier humano medio.

El trabajo.

¿Por qué es mejor tener un trabajo que no tenerlo? ¿Por qué queremos un trabajo fijo y estamos dispuestos a vender el alma para conseguirlo? ¿Dónde está lo bueno de una oposición? Vengo de una familia de funcionarios: médicos y profesores. Mis padres siempre me han transmitido que lo bueno de la vida consistía en salir a las tres del curro y poder dedicar el resto de tu tiempo a hacer lo que quisieras. Vale, pero ¿qué pasa con las ocho horas de antes? ¿Con qué ánimo quieres salir del curro? ¿Estás segura de que quieres trabajar para alguien el resto de tu vida? ¿Quieres que otros sean dueños de tu tiempo? ¿Quieres verte obligada a hacer cosas en las que no crees sólo porque te lo piden desde arriba? ¿Quieres que un gobierno pueda llegar en un momento dado y cepillarse tus supuestos privilegios a cambio de mantener esa estabilidad por la que has dejado todo lo demás?

Algunas ideas de mi entorno respecto al trabajo tienen que ver con la estabilidad. El éxito es conseguir una plaza fija en tu ciudad natal. Mi madre siempre me ha dicho: "la vida ya es lo bastante dura cuando se va por el caminito; imagínate si uno se sale de él". Mi padre me insiste a menudo en que haga la tesis e investigue. A mí hacer la tesis me la trae flojísima. Haré la tesis cuando esté convencida de que es la mejor forma a mi disposición para contribuir al conocimiento y mejorar la vida de la gente, y ahora mismo no es así.

La estabilidad, además, es la mayor mentira EVER. Si algo he aprendido charlando con gente en estos tres años es que la vida NO es estable. La vida lo aparenta, sí, pero cuando te quieres dar cuenta te sorprende con muertes, divorcios, linfomas, crisis. No existe lo estable ni existe un lugar al que llegar y donde quedarse acurrucado y contento. Lo dicen en el curso de Vipassana. Dhamma dipa sarana. Atta dipa sarana. Haz de ti mismo una isla, haz de la verdad un refugio. No hay otro refugio. Lo único que vas a conseguir estable serán las capacidades que tú mismo cultives. El amor, la atención, la ecuanimidad y todo por lo que consideres que vale la pena trabajar. Todo lo demás va y viene.


Las parejas.

¿Por qué es mejor tener pareja que no tenerla? Yo quiero tener pareja, sí, pero ¿desde dónde? ¿Desde el miedo a la soledad? ¿Desde el apego? ¿O desde el deseo verdadero de compartir mi vida y mis proyectos con alguien? ¿Qué concesiones estoy dispuesta a hacer? ¿Cuáles quiero que hagan conmigo?

Mis ganas de tener novio fluctúan, como los vientos de Cádiz, y desde hace unas cuantas semanas estoy en modo b. Eso quiere decir que me encuentro tan rematadamente bien que no sólo me la trae floja estar sola, sino que pienso que ahora mismo es justo lo que necesito. Se está fraguando mi vida. Estoy tomando decisiones pequeñas pero importantes. Y yo cuando me enamoro lo hago hasta las trancas y apuesto fuerte. Está bien, porque es lo que quiero, pero también me anula. Me despista de todo lo demás. Así que creo que ahora tengo una oportunidad increíble, no sólo para descubrir qué quiero hacer con mi vida, sino para hacer lo que me da la gana en cada momento. Me encanta llegar a mi casa en silencio, sentarme aquí y poder escribir. Me encanta irme a la cama en mi habitación cien por cien oscura con los tapones de los oídos puestos y pensar en mis cosas. Quien quiera venir a ocupar ese hueco tendrá que ofrecerme más de lo que ya tengo.

Mi problema actual es que necesito handling. El handling es lo que se les hace a las ratas de laboratorio antes de someterlas a cualquier experimento: se las manosea un poco para que se acostumbren al experimentador. Estoy leyendo un libro sobre el estrés llamado "Why zebras don't get ulceras", y una de las cosas que comenta es que la ausencia de handling estresa a las ratas. Creo que puedo vivir sin pareja, pero lo del contacto físico me tiene machacada. Ni siquiera se trata de sexo. He tenido algo de sexo en los últimos meses; no mucho, pero algo. Lo que no he tenido en el último año es una noche con alguien que me abrace. Así que si me preguntan ahora con qué fantaseo, no es con que me empotre contra la pared un moreno de abdominales marcados. Fantaseo con que me acaricien el pelo. Con que alguien me pase por la cabeza los dedos y me diga que mi pelo es muy suave y huele muy bien.

Handling.

Pero bueno. No se puede tener todo en esta vida.

En el sentido emocional, sin embargo, me encuentro perfectamente bien así. Ahora mismo una pareja no rellenaría carencias, sino que sumaría cosas. Mi estado ideal es tener una pareja, sí, pero alguien que realmente suponga un empuje y una multiplicación de las mutuas fuerzas, en lugar de una aniquilación en la búsqueda por el poder. Eso es difícil de encontrar, pero si no llega no me importa quedarme sola. Se puede querer a mucha gente.


Los hijos.

¿Por qué tener hijos es considerada la experiencia definitiva? ¿Por qué se supone que quien no los ha tenido es una especie de fracasado emocional? Creo que, desde el punto de vista lógico, la clave del asunto está en que todo el mundo (o casi) puede tener hijos y que, al mismo tiempo, los que no los tienen se quedan sin argumentos frente al "tú no puedes entenderlo" de los que sí lo hacen. Eso coloca a los padres en una posición de superioridad afectiva que me mosquea. No creo que el amor hacia los hijos sea el más puro que puede existir. El componente instintivo, hormonal y de apego es enorme, así como el peligro de proyectar en tu hijo tus frustraciones o de considerarlo una extensión de tu ego. De verdad, he visto a muchos padres con sus hijos, y hay algunas formas de querer que dan miedo.

Yo no digo que tener hijos esté mal. Sólo digo que debería considerarse una opción tan válida como la de no tenerlos. Esa idea de que de repente tu vida consista en ocuparte de otro ser humano y que, de forma automática, ésa sea la ocupación más noble que se te ocurre, me parece un pelín absurda. No sé cómo explicarlo para no parecer una nazi. Creo que preocuparse por los demás, ayudar a los demás y tener vocación de servicio es precioso. Pero es que para eso ya hay un montón de personas sobre la tierra que ya están aquí. Cuando tú decides crear a una persona para después quererla muchísimo, digamos que estas generando todo un problema donde antes no había nada. Y no te equivoques: lo haces por ti. No lo haces por el niño, porque el niño no existía antes de que tú decidieras crearlo.

La gente no dice: quiero crear una vida para que un ser humano independiente se desarrolle de forma plena. La gente dice: voy a ser padre, o madre. Voy a tener una experiencia: la experiencia emocional suprema. Yo antes era así, ojo. Antes pensaba que si no engañaba encontraba a ningún maromo que me preñase, lo haría yo sola. No quería perdérmelo. Fijaos qué generosa yo: estaba dispuesta a crear a un humanito sin padre para poder yo sentir el chute de oxitocina y amor obligatorio.

Ahora no digo que descarte tener hijos, pero ahora mismo es una pura cuestión de tiempo. Si se supone que me quedan siete años de fertilidad óptima, ¿cómo voy a comprimir en ese tiempo todos mis proyectos y todo lo que quiero vivir de forma libre y autónoma? Yo no quiero que mis proyectos sean mis hijos ni que el sentido de mi vida sean mis hijos. Me parece eternizar el problema, porque si el sentido de mi vida son mis hijos, y el de la suya son sus hijos, y así sucesivamente, ¿quién cojones se va a ocupar de este desaguisado que tenemos por mundo? Ahora mismo mi proyecto soy yo: convertirme en una buena persona, vivir cosas bonitas y aportar algo a la gente.

Como esto, hay muchísimas cosas que damos por sentadas. Muchas ideas sobre nosotros mismos que se nos han inculcado desde pequeños. Nos miramos con los ojos de nuestros padres. Seguimos ocupando el mismo lugar en nuestra pandilla de toda la vida. Esto no es malo; sólo es estrecho. Y la vida es muy ancha. Cada vez estoy más convencida de que mientras más experiencias vivamos, más libros leamos, a mas gente conozcamos y más viajemos, más se ensanchará nuestra percepción de la existencia y de nuestras posibilidades. Para esto, lo primero es cortar el cordón, batir las alas con suavidad y atrevernos a alejarnos de lo conocido.

(Vaya tocho os he soltado. A mi favor diré que vengo de tomarme unos vinos en Cádiz. Prometo volver mañana con algo más light: la historia de cómo una médico del hospital me está intentando enrollar con su hijo como si no hubiera un mañana)

Hale, a dormir.

viernes, 26 de octubre de 2012

Aclaración

He borrado el post del mal intertextual porque llevo un rato escribiendo muy cabreada, y no es así como quiero empezar mi mañana de viernes. Lo siento si alguien ha sentido coartada su libertad de expresión.

Valeria: tu comentario era muy respetuoso y no es mi intención censurarlo. Respeto tu opinión y entiendo la parte que tiene de verdad, pero no quiero desperdiciar mi energía en iniciar un debate en ese sentido. Por eso creo que es mejor quitarlo todo: post y comentarios.

LP: tenías derecho a defenderte, pero has sido agresivo conmigo y me has faltado al respeto, y no voy a permitir eso.

Saludos a todos y feliz viernes.

jueves, 25 de octubre de 2012

Libertad y decisiones (I)

Cuando terminé tercero de carrera estuve a punto de volverme a Málaga por motivos económicos. De hecho, llegué a pedir el traslado de expediente. Cambié de idea en el calentón de una bronca familiar y me fui a Granada de una forma un poco loca. Empecé a trabajar en la maldita-maldita beca, mi madre tuvo el detalle de ayudarme con el dinero mientras me la pagaban y conseguí subsistir. Era una subsistencia precaria en la que tenía que valorar seriamente relación coste-beneficio de incluir proteínas en mi dieta, pero no estaba mal.

Más adelante, mientras reflexionaba sobre las consecuencias de esa decisión, pensé que había sido una decisión correcta por motivos equivocados. La decisión la tomé de un día para otro en mitad de una bronca, pero los resultados fueron muy buenos. Los dos últimos años en Granada aprendí mucho, trabajé y disfruté de la ciudad. Sobre todo, completé una etapa de mi vida y no la dejé a medias. Ahora echo la vista atrás y se me ponen los pelos como escarpias de pensar en haberme vuelto a Málaga. Seguramente estaría casada con J., embarazada y cubierta de mechas rubias. No me preguntéis por qué, pero creo que mi karma universal habría ido en esa dirección.

Luego decidí hacer el PIR en Cádiz. Recuerdo la primera vez que se me pasó la idea por la cabeza. Estaba todavía en Granada, en los exámenes finales de quinto, y pensando en hacer el PIR me imaginé en Cádiz: rodeada de palmeras, viento y olor a mar. No sé por qué lo de las palmeras; aquí tampoco hay tantas. Sobre todo, podía imaginarme el viento y la sensación de ciudad de vacaciones en invierno. Sentí una extraña tristeza anticipada y pensé que quizá no era una buena elección.

Mientras estudiaba en Málaga aún no tenía claro a qué ciudad me iría, pero sabía positivamente que iba a largarme de allí. Todavía ahora me es difícil explicar mi decisión. No es que no aguante a mi familia. No son perfectos, pero no están mal, en Málaga también me habría ido de casa el primer mes. Tampoco es que aquello no me guste; se vive bien, hay mucha gente a la que quiero y tiene zonas de escalada dentro de la ciudad (por otra parte, a lo mejor si me hubiera quedado allí nunca habría empezado a escalar). Pero desde el primer día que puse mi culo en el asiento de la biblioteca para estudiar el PIR lo dejé bien claro: en Málaga no me quedo Ni De Coña.

Fue difícil mantener mi decisión. J. estaba allí, mis padres estaban allí y alguno presionó sutilmente para que me quedara. Bueno, corrijo. Mantener mi decisión no fue nada difícil, en el sentido de que no dudé ni por un microsegundo que me iba a ir de Málaga. Lo difícil fue convivir con las consecuencias de mi decisión en las personas a las que quería. Todavía hoy, dos años y medio después, sigo sintiendo que haber elegido esto es como decir a todo aquello que no lo quiero. Que no me interesa. Todavía me siento mal cuando asomo la cabeza por allí apenas tres veces al año.

Hoy, mientras fregaba los platos, pensaba que fue una decisión estupenda. Cádiz es lo mejor que me ha pasado en... no sé, quizá en la vida. A lo mejor no es Cádiz. Quizá sea el trabajo, los amigos y la escalada. Pero hoy iba conduciendo desde la Isla y he visto una puesta de sol brutal, en serio, brutal: sobre mi cabeza llovían las nubes grises y algodonosas, pero a mi izquierda se abría un claro por el que se veía esconderse el sol, y la luz era amarilla y sepia, como en las fotos antiguas. He bajado la ventanilla y giraba la cabeza intentando no morir mientras conducía, y he pensado que bueno, que igual son las circunstancias, pero que Cádiz tiene algo.

Pensaba en mi decisión, y en que no sé si también fue una decisión correcta por motivos equivocados. Mis motivos para venir a Cádiz fueron inexistentes. ¿Por qué Cádiz?, me preguntaba todo el mundo. Pues porque sí, no sé. La plaza no es especialmente buena. La ciudad está a tomar por culo de todo. No hay casi de nada. Ángel, un lector de Seattle con el que he quedado el sábado para hablar por Skype, me dijo que si no tenía ADSL en mi casa me fuera a un Starbucks. Ja. Un Starbucks en la Isla, bicho. ¿Te imaginas? Si os soy cien por cien sincera, yo tenía una idea de Cádiz en mi cabeza. Me imaginaba rodeada de gente así hippy, durmiendo en las playas vírgenes, saliendo al campo y tomando el sol. Me imaginaba feliz aquí. Y, por una serie de circunstancias, todo eso se ha cumplido con creces. He dormido en las playas y en los bosques, me he rodeado de gente estupenda y Todo Va Bien.

La cosa es que querría saber qué me hizo tomar esa decisión, para seguir tomando decisiones buenas en ésta mi vida.

(El post sigue, pero lo voy a dejar aquí porque se está haciendo infernalmente largo y una tiene que dormir. Mañana seguimos)


miércoles, 24 de octubre de 2012

Tu primer día en el mundo

Tu nombre significa verdadera, justa, sincera, y hoy es tu primer día en el mundo. Y vaya día, pienso mientras espero el autobús a la salida del hospital. Llueve como si ese mismo mundo se estuviera acabando. Así llueve en la Ciudad del Viento, el lugar donde te ha tocado nacer; aquí no nos andamos con chiquitas. Yo he apoyado la cadera en la pared de un soportal y estoy leyendo "Mentiras de verano", de Bernard Schlink. Disfruto como un cerdito, porque Schlink es muy bueno. No sé qué te espera en la vida, pequeña niña con nombre de verdad, pero ojalá te guste leer. Seguro que sí. A tu padre le gusta y tu abuela dirige una biblioteca revolucionaria. Eres una niña con suerte.

Pienso en tu primer día mientras el autobús navega por las calles inundadas de la Isla. La gente se asoma a los barrotes de las casas bajas que hay cerca de Camposoto y le grita al conductor que vaya despacio. Como si el conductor no lo supiera. Yo planeo hacer una tarta esta tarde y llevarla mañana al hospital, y mientras me pregunto qué pasaría si el autobús se queda encallado en esta Venecia súbita, intento decidirme entre un brownie de chocolate y una tarta de manzana. A favor del brownie: lo controlo, me sale bien, le gusta a todo el mundo. A favor de la tarta de manzana: tengo manzanas en casa y pega con esta tarde. No me preguntes por qué, pequeña, pero pegan el aroma de la manzana y la canela saliendo desde el horno y mezclándose con la lluvia detrás de la ventana.

Llego a mi piso, almuerzo sopa y ensalada con salmón, contesto con excesivo entusiasmo el mail de un lector. Has de saber, pequeña niña con nombre de verdad, que el mundo es un lugar precioso. Ojalá llegues a darte cuenta. La vida es muy corta: tú sólo has gastado un día y yo ya he dejado atrás varios miles de los que me tocaban. Pero es ancha, mi niña, y transcurre entre los cauces de nuestra mente con la misma fuerza que el agua esta mañana por las calles de la Isla. A la vida, como a mi furgo, como a ciertas mujeres, le cabe tela. Ésa es la sensación que tengo hoy, mientras contesto el mail de un lector encantador que, curiosamente, se llama casi como tu papá, y que me demuestra por enésima vez que la gente con ilusión e ideas existe: que sólo hay que encontrarla.

Después de contestar el mail voy al súper, porque aunque las manzanas reposan, redondas y rojas, sobre la encimera de la cocina, me faltan algunos ingredientes para la receta que he elegido. Me acerco al Supersol en chándal, con las llaves en la mano, cruzando el espacio fantasma de la calle Real donde se supone que debería haber un tranvía. También la calle Real es ancha y está llena de espacio entre la gente que pasea. El súper no tiene mucha variedad, pero yo elijo con cuidado los limones, la leche entera gallega, la mantequilla asturiana. Ojalá todo esto sepa rico, pequeña, porque tú te lo mereces.

Vuelvo a casa, me lavo las manos, pongo a José González en el ordenador. Igual lo escuchas algún día, en un futuro lejanísimo en que yo seré una anciana rodeada de gatos y tú una jovencita intelectual y adorable. Me cuesta describir su música, pero digamos que es buena para hacer cosas que requieren tranquilidad de espíritu. Como dibujar o cocinar tartas de manzana. Me relajo y sigo la receta paso por paso con sumo cuidado. Meto el dedo en la masa un par de veces, lo confieso, pero confío en que a ningún miembro de tu linda familia le importe. Cuezo las manzanas en zumo de limón y azúcar, bato la mantequilla con más azúcar, huevos y harina. Mido la levadura con poca fe. Los pasteles nunca me suben y siempre echo el doble para compensar, pero esta vez quiero ser exacta. La tarta que he elegido, pequeña niña con nombre de verdad, se llama tarta de manzana con crumble de canela. El crumble es como una cobertura crujiente de grumitos. Me gusta la idea de la diferencia de texturas, y también que es una tarta larga de hacer, sosegada. En tu primer día en el mundo, pequeña, te mereces que alguien piense en ti y te dedique algunas horas de su tiempo.

Ojalá siempre sea así. Ojalá siempre tengas a alguien que te piense y te quiera. Seguro que no te va a faltar amor. Has tenido suerte, en serio: has caído en un sitio bueno, con unos buenos padres y un buen hermano, con vientos que barren la pena en las dos direcciones y la sustituyen por una sensación alegre de continuo movimiento. Crecerás rodeada de libros y de risa. Serás en la vida todo lo que quieras ser, y vivirás muchos momentos hermosos, llenos de luz azul y de olor a canela en las tardes de otoño.

Por mi parte, paso parte de los cuarenta minutos de cocción mirando fijamente al horno y amenazándole de muerte. Si me jodes la tarta, maldito engendro de Satán, te mataré. Miro la foto de la receta en la página web de donde la he sacado. Después vuelvo al horno y comparo mi tarta con la foto. Después miro el reloj. Cuando abro no las tengo todas conmigo (¿no te encanta esa expresión?), y el vaho que sale del horno me empaña las gafas. Gruño, las limpio, observo el aspecto de la tarta y el del crumble. La tapo con un trapo y me tumbo en el sofá a seguir leyendo a Schlink, mientras con una mano aparto los mosquitos que persisten en el otoño gaditano a pesar (o quizá a causa de) esta lluvia salvaje.

Y adivina qué, pequeña niña con nombre de verdad. Hace unos minutos he cortado la tarta en pedazos para meterla en un tupper y no he podido resistirme a probar uno. Y la tarta, tu tarta, está perfecta. Y tendrías que ver lo mal que se me ha dado siempre la repostería. Pero la tarta es perfecta, de verdad, y deliciosa. La manzana está tierna, el bizcocho esponjoso, el crumble cruje. Es una tarta genial, y espero que algún día te enteres de que en tu primer día en la tierra se hizo una tarta perfecta a lo largo de varias horas de música y cariño contenido. Yo, personalmente, lo consideraría un buen augurio.

Sin más, me despido, deseándote que vivas una vida larga y sana y seas feliz. Que siempre tengas alegría, libros y alguien a quien querer. Que haya en ella muchas tartas y un poco de suerte. Y acuérdate siempre de ser amable.

Creando recuerdos

Parece ser que hay un ejercicio de terapia no sé si familiar o estratégica que consiste en prescribir a la familia que cree recuerdos. Se supone que, igual que uno se esfuerza por salir guapo en las fotos para mirarlas luego, hará su vida más agradable si la piensa como material de futuros recuerdos. Yo últimamente tengo a menudo la sensación de estar creando recuerdos. Porque algunos momentos de mi vida cotidiana son de una belleza impactante, y no belleza de puestas de sol, que también, sino belleza humana, mental, sensible: llamémosle belleza vital.

En eso pienso en la guardia del sábado con el MIR, que es amor. Es la única persona del mundo capaz de quitarte la angustia de los falsos viernes pre-guardias y hacerte llegar con ganas al hospital. La tarde es muy tranquila y la pasamos charlando entre la cafetería y los escalones al sol, junto a la puerta lateral del edificio antiguo. ¿Cuántas horas seguidas charlamos?, me pregunto después. Si echas la cuenta, pueden haber sido cuatro o cinco, de forma relajada pero ininterrumpida. Tomamos cocacolas sentados frente al tanatorio. Recordamos a los pacientes que compartíamos en Agudos. Entablamos amistad con una gata romana y flaca que se frota entusiasmada contra nuestras piernas.

Por la noche quedamos con la adjunta para tomar algo en la cafetería. A ella no le gusta el sandwich de pollo, así en general, pero se pide uno, porque ha educado a todo el personal de la cafetería para que se lo haga a su manera: con dos tostadas en lugar de con tres, sin mantequilla y muy tostadito. Mientras se lo preparan, le ponen una tapa de croquetas y se toma una cerveza con el codo apoyado en la barra. Lo hace en todas las guardias, todas las noches. Es absurdo, es decir: podría limitarse a pedir algo que sí le gustara en vez de traer en jaque a los camareros con el sandwich de pollo. Pero el sandwich es su cosa, y le da motivos para esperar un rato acodada en la barra y charlar con quien quiera que se esté quejando en ese momento de tener que aplastarle las rebanadas de pan bimbo con la espátula.

Cada uno tiene su cosa en las guardias, ¿verdad, MIR?, le comento mientras nos acercamos a la cafetería. Creo que mi cosa van a ser los colacaos de media noche, digo luego; desde que descubrí que la cafetería abre 24 horas no me puedo resistir a un colacao calentito justo antes de meterme entre las sábanas tiesas de la habitación de residentes. Pero después de la cena lo que me apetecen son conguitos, no sé por qué, y el MIR y yo cruzamos el vestíbulo desierto en dirección a la máquina de vending, que sólo puede ofrecerme unos M&Ms normales. Me los como con entusiasmo mientras el MIR fuma, intento que la gata se coma un yogur que he robado del comedor y la bautizo como Julia, por algo tan sencillo como que el gato de la adjunta del sandwich se llama Julio.

Nos vamos al dormitorio y charlamos otro rato. A ver si no llaman, dice el MIR, colocando con cuidado el busca sobre la mesilla de noche. Ya verás como no, contesto, ya verás como todo va a ir bien. Tú siempre haces que sienta que las cosas van a salir bien: me haces sentir segura. A pesar de que creo firmemente en lo que digo, a las dos suena la musiquilla de Nokia y nos levantamos sin una queja, y mientras caminamos por los pasillos desiertos que comunican el edificio viejo con el nuevo, miro la marca de las sábanas en la mejilla del MIR y pienso en la poquísima vergüenza que tiene el hospital recortándonos dinero de las guardias a los residentes. Después vemos al paciente, me deleito en la calma bondadosa del MIR y volvemos a la cama. Antes, eso sí, paso por la cafetería para tomarme mi colacao de media noche. Porque es mi cosa. Buenas noches, le deseo por segunda vez al MIR antes de dormir. Piensa en cosas bonitas. Tú también, me dice él. Piensa en Julia.

Últimamente, cuando tengo que hacer algo que no me apetece, como sacar la ropa de invierno, o lavar los platos, o acercarme a dar apoyo moral al roco nuevo que estamos construyendo aunque no sepa soldar hierros, me digo: Marina, ésta es tu vida, es la única que tienes y es tu responsabilidad hacer que funcione. Y me pongo al lío. Y, en general, estoy orgullosa de esta vida que estoy construyendo: de su gente, sobre todo, y de que sé que en el futuro me acordaré del MIR y de mí, juntos y contentos en las guardias de sábado, burlando la muerte sentados a las puertas del tanatorio y tentando a los gatos perdidos con colacaos de medianoche.


domingo, 21 de octubre de 2012

Queridos todos:

Después de quince años, creo que por fin he aceptado una cosa.

Tengo acné.

Sorpresa.

Esto es complicado de explicar. No es que antes no lo supiera. Claro que lo sabía, y vosotros sabéis que lo sabía. Pero no era capaz de aceptarlo o, más bien, no era capaz de vivir sin el consuelo hipotético de que en un momento dado el acné se iría y mi cara estaría bien. Mi presente era intolerable. La idea de "por qué tengo que ser precisamente yo y precisamente mi cara" me resultaba muy, muy desagradable.

El último ataque de acné ha sido un poco desmoralizante. Más que nada, porque ya llega un punto en que te hartas y te dices: por Dior, si tengo arrugas ya, esto es cansino. Paralizada por el pánico de seguir empeorando, hace un mes empecé la enésima dieta hiperrestrictiva de mi vida, compuesta de aproximadamente quince alimentos y para de contar. Estuve dos semanas cuidándome como un paleotemplo. Entonces me fui un día a escalar y en ese único día de autoconciencia y estrés por no comer nada no permitido, me atacó un brote del mal. Mientras volvía a casa en el coche sintiendo perfectamente todos y cada uno de los granos y quistes que brotaban nuevos en mi carita, tuve un insight:

Va a ser el estrés.

Y decidí que al carajo la dieta y que iba a hacer de manejar mi estrés y mi relación emocional con mi piel el núcleo central de mi lucha contra el AA. También decidí empezar a comer cosas normales y que simplemente contribuyeran a hacerme sentir bien en general. Y relajarme. Y dormir más. Y volver a maquillarme. Por último, algo hizo clic en mi cerebro y decidí que tenía por fin que empezar a identificarme con la chica con acné. Que mi cara no es lo que sería si el AA se fuera. Que yo soy esa, la de la piel de mierda, y que no es tan terrible; los que me rodean pueden aguantarlo. Cada uno tenemos nuestro tema y a mí me ha tocado esto, y tanta lucha no tiene mucho sentido.

A partir del día siguiente, empecé a hablar conmigo misma cada vez que me miraba al espejo. Parecía una absurda autoayudera conversando mi niño interior, pero me esforcé en sustituir la habitual inspección de "a ver con qué me sorprende hoy mi carteo" por un "eres preciosa, maravillosa y un ser humano estupendo, y te quiero". Decirse te quiero frente al espejo es de perdedora, yo lo sé, pero me sentaba extrañamente bien. Como a favor de mí misma después de mucho tiempo. Después me maquillaba y procuraba pensar en el AA lo mínimo posible.

Un par de días después de empezar con la autoterapia de "vamos a reconciliarnos de una puñetera vez con nuestro destino maligno", fui a ver a una paciente mía que está ingresada en el hospital. Es una chica estupenda, que sufre mucho pero que es muy fuerte. Cuando me vio entrar desde la cama, sonrió un poco sorprendida, y después lo primero que dijo fue "¡qué guapa!". Yo llevaba una camiseta roja, pantalones marrones anchos, pendientes de plata, el pelo suelto y la bata del hospital, y las palabras de mi paciente tuvieron un efecto de insight muy curioso. Pensé: la gente se da cuenta. No ya de mi autoterapia ni nada, sino de esa parte bonita de mí; al menos alguna gente en algunos contextos. Y esa es la gente que me interesa: la gente que me aprecia.

Llevo un par de semanas sintiéndome mortal de guapa, de verdad. Guapa entera y como concepto, y pelándomela mortal el AA. También creo últimamente que el AA cuida de mí, es decir: pensad en la cantidad de cosas buenas que hago por mi cuerpo gracias a él. Duermo más, procuro relajarme, me trato bien, como bien, hago deporte. El AA sabe lo que me conviene.

No sé muy bien si hoy he expresado lo que quería al escribir aquí, porque es muy difícil verbalizarlo sin que suene a chorrada new age. Pero es como que he descubierto realmente el tipo de belleza que quiero que la gente vea en mí y no tiene nada que ver con mi piel. Y esto parece tonto o ingenuo, y de hecho a ver cuánto me dura antes de que la desesperación me sacuda de nuevo, pero ahora mismo, en este preciso momento, es genial.

sábado, 20 de octubre de 2012

Imaginación

El chico de la sonrisa bonita llevaba tanto tiempo solo que un día le dio por acordarse de sus amigos imaginarios. De pequeñito, siempre le habían dicho que tenía mucha imaginación, pero lo decían como algo negativo: la tutora movía la cabeza mientras lo comentaba con los padres, la psicóloga del colegio rebuscaba entre los papeles de su escritorio el dibujo que había hecho en clase la semana pasada. Lo de los amigos imaginarios no lo sabía nadie; incluso de niño, intuía que la idea podía no tener un efecto positivo entre los que le rodeaban.

Su primer amigo se llamaba Darwin y era un pájaro carpintero. ¿Por qué carpintero? Porque cuando el chico de la sonrisa bonita estaba en clase, mirando distraído por la ventana, le gustaba imaginar que el pájaro agujereaba con su pico el techo o las paredes del aula y que él podía ver cosas fascinantes. El despacho de la directora, a la que siempre imaginaba sacándose mocos cuando no la observaba nadie. El cogote de los niños de la clase de al lado. También imaginaba que el pájaro podría picar en la nuca al profesor de educación física, o comerse la coliflor del almuerzo cuando su madre no miraba.

Cuando le regalaron su primer coleccionable de dinosaurios, se dio cuenta de que quería uno. Para no ser desleal a Darwin, se lo imaginó volando feliz en dirección a los mares del sur, y justo después imaginó a Santi, su dinosaurio, saliendo de un huevo violeta en mitad del patio de recreo. El dinosaurio, sin embargo, duró bien poco; pronto se hizo demasiado grande para la clase y para transportarlo en coche hasta su casa, y al final no tuvo más remedio que dejar que se marchara libre en dirección a los campos de cultivo, montando con sus grandes patas jurásicas un estruendo que sólo escuchaba él.

Después vino Leo, que era un chico un par de años mayor que él. Leo lo sabía todo: cuándo y cómo empezar a afeitarse, qué curaba más rápido un grano inoportuno o qué eran las pajas esas de las que hablaba todo el mundo. Cuando el chico de la sonrisa bonita quería entablar conversación con una chica desconocida, Leo le susurraba al oído las palabras adecuadas. El chico se habría muerto antes de admitir que tenía un amigo imaginario cuando se suponía que debía estar comprando porno a escondidas, y se habría dejado torturar durante días antes de confesar que, en el fondo fondo, no creía que fuera imaginario. Que una parte de él pensaba que Leo existía en un plano de realidad alternativo.

El caso es que, como decía al principio de este relato, el chico llevaba tanto tiempo solo que decidió inventarse una novia imaginaria. Lo hizo más bien como un juego. Era bonito imaginar que había una chica esperándole en la cama antes de dormir. Quiso ponerle un nombre, pero no le salía, así que pensó en una inicial. Tenía que ser la inicial de una chica con la que no hubiera estado nunca antes y que fuera complicado encontrar después, así que la llamó Hache.

Podía imaginarse perfectamente la cara de Hache. Era preciosa, claro que sí, pero nada vulgar: tenía unos ojos marrones y cálidos, los labios gruesos y un pelo castaño y brillante cayéndole por la espalda. Apenas usaba maquillaje; sólo un poco de brillo de labios. La imaginaba siempre con vaqueros y siempre descalza, con unos pies muy bonitos de uñas pintadas asomando por las perneras. Por la mañana, cuando el chico de la sonrisa bonita se desesperaba por tener que ir otra vez a trabajar, se daba la vuelta en la cama y se imaginaba a Hache. Con la mejilla apoyada en la mano, los ojos medio cerrados, el pelo suave cayéndole sobre la frente sólo un poquito desgreñado. Hache le daba ánimos, porque sabía que no tenía ganas de levantarse, y luego él le contaba lo que había soñado por la noche y le daba un beso en la mejilla antes de ir hacia la ducha. Le gustaba marcharse de la casa e imaginarla todavía dormida y calentita bajo el edredón.

Al salir del trabajo, Hache le esperaba sentada en el murete del parque cercano. Fumaba tabaco de liar y balanceaba sus piececitos perfectos sobre la hierba. Él se sentía orgulloso de verla ahí, tan preciosa y tan joven, y se acercaba para recibir un abrazo estrecho que olía a sudor dulce y colonia de baño. "Estoy hasta los huevos de la crisis", decía, y Hache le consolaba, le contaba un par de chistes y tapaba con su manita el viento mientras él encendía un cigarro.

Le gustaba imaginar a Hache de muchas formas. Acodada en la barra del bar con todos sus amigos, riéndole los chistes, buscándole la mirada para marcharse cuando estaba cansada. Sentada al extremo de la mesa familiar los domingos al mediodía, sonriendo cuando le veía resoplar por la octava burrada que su hermano el pijo había dicho sobre la editorial del ABC. Quedándose dormida sobre su hombro en el cine, sin que parecieran molestarle en absoluto los tiros de las pelis de acción que él elegía siempre. Sobre todo, le gustaba imaginársela a su lado por las noches. Él leía bajo la lámpara y Hache, que siempre decía que tenía demasiado sueño para concentrarse, apoyaba la cabeza en su hombro y se quedaba dormida. Él pasaba las páginas con muchísimo cuidado, para no despertarla, y al final se deslizaba bajo el edredón como un gusano enamorado y también se quedaba frito.

Unos meses después, el chico de la sonrisa bonita conoció a una chica que también tenía una sonrisa bonita y que trabajaba con él. Parecía simpática, estaba soltera y, más aún, parecía interesada en él. Le esperaba para ir a comer al mediodía. Se acercaba a su ordenador con excusas. Una tarde de viernes le interceptó justo cuando salía de la oficina en dirección a casa. "Voy a ver una exposición al centro esta tarde - le dijo -, ¿te apetece?". Él pensó que sería agradable. La chica tenía una sonrisa muy bonita. Pero luego miró a Hache, que fruncía ligeramente sus bonitas cejas justo un metro detrás y se sacudía la melena con ese gesto que demostraba que estaba enfadada aunque intentara disimularlo. Se encogió de hombros. "Lo lamento mucho - dijo -. Me encantaría, pero no puedo. De verdad que no puedo".