martes, 12 de abril de 2011
Pausa
viernes, 8 de abril de 2011
La hipomanía es amor

miércoles, 6 de abril de 2011
Instrucciones para olvidar, II
Hoy me ha venido una de esas maravillosas primeras consultas que a los cinco minutos sabes que podrás dar de alta en una sola sesión. De ésas que te hace preguntarte mosqueada de qué iba el médico de cabecera cuando la derivó, y al mismo tiempo sentirte muy, muy contenta porque no se te va a sobrecargar la agenda más de lo que está.
Se trataba de un chico de 34 años a quien su novia dejó hace un mes. Esto es un alta clara, porque si tu novia te ha dejado estar mal es lo lógico y no necesitas venir a salud mental. Una parte importante de mi labor como psicóloga, de hecho, es convencer a la gente de que sufrir de vez en cuando es normal.
- ¿Y qué piensas que voy a decirte yo ahora? - le he preguntado cuando ha terminado de hablar -. ¿Qué tipo de ayuda crees que puedo darte?
- Pues... - el chaval me ha mirado como avergonzado - creo que me vas a decir que es normal y que el tiempo lo cura todo.
- Exacto – qué alegría cuando da una con pacientes espabilados.
Me han dado ganas de explicarle que el olvido es casi tan mágico como enamorarse o como hacer un amigo. Que igual que sin darte cuenta te vas vinculando a una persona hasta que la haces parte de tu vida, te puedes desvincular si pones el empeño suficiente. Sigues colocando un pie delante del otro y confías en que dejará de dolerte, aprietas los dientes y sigues adelante, y no llamas, y sigues adelante, y no mandas mails, y sigues adelante, y no mandas mensajes... y hay días tan duros que te sientes como un alcohólico anónimo, y a lo único que puedes comprometerte es a no dar señales de vida en las siguientes veinticuatro horas. Hay semanas en las que la tristeza permanece tan inalterable un día, y otro día, y otro, que te preguntas si vas a seguir así toda la vida.
Pero más tarde o más temprano llega el día en el que puedes mirar atrás y decir con asombro: ayer no me acordé de él. Repasas la jornada, incrédula, porque antes le recordabas a cada paso, cuando escuchabas tal canción o veías tal restaurante... pero qué va, ayer estuviste pendiente de muchas cosas y él no era ninguna de ellas. Y luego esos días se van haciendo más frecuentes, y poco a poco la pena se va diluyendo, y te sientes tan aliviado como cuando te hace efecto el ibuprofeno en medio de un dolor de muelas.
Es tan corto el amor y tan largo el olvido, decía Neruda. Más vale que no tengas que elegir entre el olvido y la memoria, cantaba Sabina. Y bendito olvido, digo yo hoy, bendito tiempo, que sana las costuras de las cosas y nos permite seguir adelante sin llorar en silencio a todas las horas del día.
- Se te pasará, en serio - le he dicho a mi paciente mientras se levantaba para irse -. Te lo juro. Palabrita del niño Jesús.
Me ha mirado y he debido de sonar bastante convincente, porque se ha ido sonriendo. Y yo también he sonreído mientras me volvía hacia el ordenador y le daba el alta.
jueves, 31 de marzo de 2011
Money makes the world go round

Hoy ha sido un día esencialmente molón.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Poesía económica III: cuando el amor se vuelve drama o "Pagad, malditos"

domingo, 27 de marzo de 2011
Uñas
Vamos a ver: la vida es triste, ¿vale? El sufrimiento está ahí, a la vuelta de la esquina. No es pesimismo: es realismo inspirado en Buda. Sin embargo, va la madre naturaleza y nos dota con diez superficies corporales, diez, que se pueden pintar de colores. Las garritas que nos cubren las puntas de los dedos, los vestigios de nuestra animalidad. Uñas para arañar, para rascar, para abrir, para plisar con más fuerza los papeles doblados.
Dicho esto, yo tengo bonitas manos y bonitos pies. Dios me dio un envoltorio mediocre con buenos acabados, algo así como un seat panda con cromados de tunning. Además, Dios me dio una piel de mierda, así que no soy una gran fan del maquillaje, y un hermoso pelo que refulge como el sol, así que tampoco soy fan de los tintes. Claro, que el día que venza al acné del averno iré por ahí con la raya pintada y los labios rojos, una Russian Red rubia y más bajita.
Resumiendo, que las uñas son la parcela de coquetería que me puedo permitir siempre.
Tener las uñas pintadas te da felicidad.; de hecho, yo clasifico mis tonos de esmalte en función de la felicidad que me dan. Ahora mismo va ganando el fúcsia, que es tendencia, y le siguen el tono 83 de mercadona (una maravillosa mezcla entre morado y guinda) y un negro con reflejos violeta que hace que parezca que tienes las uñas cubiertas de vinilo. Amor con acetona.
Así que hay que pintarse las uñas. En serio, probadlo. Tu autoestima subirá, la gente te encontrará más interesante. No en el buen sentido de la palabra, necesariamente. Estoy convencida de que un 50% de la población piensa que las uñas fucsia son una horterada, pero al otro 50% le encantan y te lo dicen.
Tengo una paciente que siempre me viene llorando porque tiene problemas familiares y económicos importantes. Hace un tiempo me decía que cualquier día agarra las cajas de ansiolíticos de su madre y hace una tontería.
[El tema de pensar en suicidarse en salud mental está a la orden del día, no os creáis. Al principio impresiona, y luego te vas acostumbrando a tratar con la idea de que tus pacientes a veces piensan en matarse. De hecho, yo a veces también lo pienso y, como dice mi madre, si no fuera porque creo en la reencarnación y a ver por dónde voy a salir si me suicido, pues tampoco creo que esta vida tenga TANTO aliciente. Más bien creo que está, como dice una psiquiatra de mi equipo, llena de detalles molestos.]
Lo que decía es que mi paciente me hablaba toda llorosa de hincharse a lexatines y yo no sabía cómo convencerla de que no lo hiciera. Así que la miré de arriba abajo y entonces vi sus manos. Se había pintado margaritas en las uñas. Yo también lo hacía a veces cuando era (más) pequeña: coges un palillo de dientes, lo mojas en esmalte de colores y pones tu pulso a prueba. Le dije que una persona con esas uñas no puede suicidarse. Que pintarse margaritas quiere decir que tienes esperanza en las cosas buenas.
Y ya el colmo del hedonismo ungular es pintarse las uñas de los pies. Diría más: el colmo es pintarse las uñas de los pies en invierno. Yo tengo unos pies escandalosamente bonitos; a las pruebas me remito:

(La típica foto chunga de pies que te haces cuando te acabas de comprar una réflex)
Son tan finos que las sandalias se me salen; tan blancos que me los tengo que llenar de crema para que no se me quemen en verano; tan delicados que todos los zapatos me hacen ampollas al principio. Me pinto las uñas aunque no las me vea nadie porque me pone contenta. Porque me gusta quitarme los zapatos por la noche y ver esos pies tan bonitos con sus uñas de colores. Porque me hacen juego con el gorro de la piscina. Porque hace algún tiempo hice sonreír a un chico cuando vio mi esmalte color chicle salir de mis serios calcetines de invierno.
Así que hacedme caso: pintaos las uñas. También si sois chicos: no os juzgaré. Sed diez veces alegres con vuestros diez dedos. Demostradle a la vida que tenéis esperanza, enseñad al mundo vuestras hermosas manos y sorprendedle con vuestros hermosos pies.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Historias y piel
Esta mañana estaba yo fantaseando con que se quemaba el equipo y no tenía que ir a trabajar, y podía quedarme toda la mañana leyendo en un banco del parque. Por las mañanas nunca me apetece ir a trabajar. Luego es verdad que va pasando el tiempo y me voy sintiendo más cómoda. Me gusta mi trabajo y me gusta trabajar, esa sensación de ser competente en algo, de tener algo que ofrecer y que te paguen por ello.
A veces me miro y no me reconozco, cuando hablo con seriedad sobre los síntomas y la ideación autolítica, cuando salgo a la sala de espera a llamar a un paciente, cuando hablo por teléfono con un orientador escolar para ver cómo le va en clase a un niño. Me veo actuando en el mundo real y teniendo una influencia real en la vida de la gente y esa sensación me gusta. Siempre pienso que me gustaría que alguien conocido me viera, que se asombrarían al ver cómo cruzo el equipo con mis botas de tacón y mis carpetas bajo el brazo, cómo hablo con los psiquiatras y las enfermeras y las auxiliares, y paso test y hago llamadas y ofrezco paquetes de clínex.
También me gusta el factor historias. Para una adicta a las historias como yo, mi trabajo es algo así como el paraíso. Cuando daba talleres de escritura en Granada intentaba explicar que los humanos somos contadores de historias por naturaleza, y que sólo cuando nos proponemos pasarlas al papel nos bloqueamos y pensamos que no servimos. Pero la historia es la unidad básica de comunicación humana: lo que te pasó ayer con tu jefe o hace diez años con tu madre, las dos son historias.
Los pacientes me cuentan las suyas, unos con más gracia que otros, y a veces te atrapan con detalles que parecen sacados de una novela. Hoy a última hora me explicaba un paciente que conoció al que ahora es su padrino cuando tenía siete años, porque se quedó fascinado frente a una caja de yogures que había en la puerta de su casa. “Por aquel entonces en mi casa no comíamos yogures”, me explica, y yo me quedo atrapada en esa imagen, en el niño de siete años parado de pie frente a la puerta del vecino, anonadado porque nunca había visto tantos yogures juntos.
El mismo chico tiene una enfermedad de la piel, neurodermitis. Ya os he contado que chequeo las pieles de la gente que me rodea, y en este chico ha sido lo primero en lo que me he fijado. Es rubio, de ojos claros, y tiene la piel de la cara irritada y roja, con cercos alrededor de los ojos donde se le marcan arrugas resecas. Pero no es desagradable, o quizá a mí no me lo parece porque soy la reina de la solidaridad cutánea. Transmite fragilidad y ternura, necesidad de ser protegido.
Las pieles hablan, y los problemas de piel son un mundo aparte de personas unidas por una sensación común de vergüenza y desesperación. Da más vergüenza tener acné que tener una úlcera, como si tuvieras más la culpa, como si no te lavaras. La piel deteriorada se relaciona con la falta de higiene y con el descuido. A mi paciente de hoy daban ganas de tocarle con suavidad la cara escamosa y enrojecida y decirle que no pasa nada, que es igualmente hermoso, que no se preocupe. Pero me tratarían de chiflada si fuera haciendo ese tipo de cosas con mis pacientes.
Al terminar la entrevista no sé si preguntarle o no por el problema de piel, y pienso que está ahí y que es parte de él y de su sufrimiento, y que si le pregunto con respeto no se va a molestar. Así que saco el tema, y me explica que tiene que ver con la contaminación atmosférica y que le pica y le molesta mucho. Pobre. El picor es casi peor que el aspecto físico, porque te recuerda a cada rato que el problema está ahí y que los demás pueden verlo. No ser capaz de esconder tu dolor es otro aspecto desgarrador de los problemas de piel: mientras los demás son capaces de ir por ahí fingiendo que son felices, tú tienes que dejar ver a todo el mundo cuánto sufres.
Le sonrío y le digo que siento mucho que tenga que pasar por eso.
Después, de camino a mi casa, voy pensando en mi paciente sintiéndome conmovida. Pienso que a veces es como si partes de mí misma se sentaran delante del escritorio. Como si todo esto de ver pacientes no fuera más que un gran juego de espejos. Hablo con miedos que yo también tengo y animo cualidades que no veo en mí o consuelo penas que también comparto.
Hoy hablaba con la parte de mí con problemas de piel e intentaba sanarla. Últimamente veo más a menudo la belleza en mí a pesar del acné. Me acuerdo de mi amigo A. cuando me dijo: “yo cuando te miro nunca veo tu acné”, y juro por Dios que es lo más bonito que me han dicho en mi vida. Últimamente me veo guapa en el espejo como he sido capaz de ver a mi paciente de la neurodermitis, aunque otras veces me saque de quicio. En realidad el sufrimiento del acné, para mí, tiene más que ver con la falta de control que con el auténtico deterioro físico. Cosas que salen en tu cara sin importar lo que hagas tú para intentar evitarlo.
Aun así, hoy le hablo a la parte de mí que sufre por su piel. Siento que tengas que estar pasando por esto, le digo. Pero eres guapa a pesar de todo.