massobreloslunes

domingo, 12 de febrero de 2012

Cómo vivir/ Olivetti rosa modelo pluma

Si es que soy mis huevos. Tengo escrita una entrada gigante en la que llevo trabajando una hora y no me gusta. Los párrafos están alineados uno detrás de otro como un montón de soldados aburridos y yo no quiero eso. Quiero algo orgánico y potente que me haga tener faltas de mecanografía porque estoy escribiendo muy rápido de puro entusiasmo y no puedo pararme. Así que a borrar y a empezar de nuevo. Y después a quejarme los lunes de falta de sueño.

Me he comprado una máquina de escribir rosa. Verídico. Esta mañana he ido con Luna y Batalecotal al Charco de la Pava, un mercadillo completamente inverosímil en las afueras de Sevilla donde puedes comprar desde tornillos hasta coches. Lo que hay, en su mayoría, no son ni puestos, sino puras mantas extendidas en el suelo y cubiertas de lo que en general puede definirse sutilmente como basura. Pero como en todas partes, algunos objetos son hermosos y brillan por sí solos con una luz extraña. A veces es complicado distinguirlos, porque están sucios o escondidos, pero están ahí, como la máquina de escribir rosa, que es tan inútil como bonita.

Por la noche he llegado a casa aturdida después del viaje en tren. Qué poco me gusta transportarme en el espacio. Viajar mola, pero eso de mover el cuerpo tantos kilómetros en tan poco tiempo no puede ser sano, en el sentido cuántico de la palabra. Además, ha sido un fin de semana raro. Divertido, sí, pero he echado tanto de menos Cádiz y escalar que al final me pregunto si me estaré volviendo una persona extraña y campestre que ya no encaja bien en las tiendas y en los restaurantes modernitos.

No sabía muy bien qué hacer al llegar a casa. He sacado la máquina de su funda, la he desempolvado, la he colocado sobre la mesa para poder mirarla. Nunca he escrito a máquina; no escribo bien a casi nada que no sea a ordenador, ni siquiera a mano. Pero son objetos curiosos de por sí: fetiches absurdos de aspirantes a escritores. Luego me he dedicado a fregar platos y a empaquetar el macropollo para meterlo en el congelador, mientras reflexionaba sobre qué escribir. Pensaba que mi cerebro es como el Charco de la Pava, todo lleno de basura polvorienta, de situaciones y recuerdos gastados que, en principio, no tendrían por qué interesarle a nadie, y que yo rebusco metiendo los brazos hasta el codo y con suerte daré con un objeto que brille por sí solo, como mi máquina de escribir, y que me sirva para no irme a casa de vacío.

Hoy pensaba en el profesor que me daba teatro contemporáneo cuando tenía dieciséis años. Me apunté a clases con un amigo porque le amaba perdidamente, y si por algo no se me han caído a mí nunca los anillos es por hacer cosas para conquistar a tíos. Y allí que me tenéis, en una clase llena de bohemios trasnochados de mediana edad, pasando una vergüenza mortal en los ejercicios de improvisación. Mirando fijamente un sombrero y una pelota y pensando en cómo podían atravesarme para ejecutar una actuación única y verdadera, que al parecer era lo que quería el profesor.

Me he acordado de él porque cuando mi amigo/amado le contó que al año siguiente se iba a Madrid a estudiar, mi profesor asintió con la cabeza y se quedó reflexionando un rato. Y luego le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica. Nadie va a decirte cómo hacerlo".

Diez años después, yo sigo intentando averiguar cómo vivir. Porque no tengo ni idea. Me gusta mi vida y, al mismo tiempo, quiero que sea diferente. Quiero plantearme bien mis decisiones. No quiero comprarme un coche sólo porque todo el mundo tiene un coche, o estudiar un master solo porque todo el mundo estudia un master. No quiero ir a las rebajas porque lo diga el calendario ni pensar que es obligatorio saber la diferencia entre una chaqueta y un blazer. No quiero tener todo el rato la sensación de que estar sola es peor que estar mal acompañada. No quiero que escribir un libro suene como un objetivo vital absurdo. Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define. Y con esa libertad quiero elegir y vivir una vida con la que sentirme, si no plenamente feliz, por lo menos razonablemente de acuerdo.

Y termino el post aquí porque elijo y quiero irme a dormir medio temprano para no pasar la semana hecha una zombi. Incluyo una foto de mi máquina de escribir nueva-vieja; no es la mía, pero es el mismo modelo, así que como si lo fuera. La pondré en mi escritorio cuando tenga una casa lo bastante grande como para tener un escritorio, y dentro de unos años, cuando sea mortalmente famosa y los semanales me entrevisten, posaré frente a mi máquina de escribir rosa y diré que la compré de joven en el Charco de la Pava. Y que escribir se parece mucho a buscar objetos singulares que brillen con luz propia en la basura de la mente. O alguna chorrada parecida.




PD: La moderación de comentarios, para el que no se haya enterado, consiste en que a partir de ahora yo leeré todos los comentarios y decidiré cuáles se publican y cuáles no. Será una medida temporal y espero que breve. La razón es que ni de coña voy a tolerar que la gente venga a este sitio, que no deja de ser mi casa, a insultarme de forma gratuita. Nunca. Por lo demás, publicaré cualquier cosa que no sea ofensiva para mí y/o otros lectores del blog.

jueves, 9 de febrero de 2012

Puntos gatillo

A veces le pregunto a la gente si le gusta su trabajo. No por juzgar si han acertado o no, sino porque quiero saber qué se siente siendo pescadero, o taxista, o ingeniero eléctrico a sueldo del ayuntamiento. Si están contentos con la forma en que están empleando sus horas. A mí me gusta tanto el mío que me da penita cuando veo a la gente vender su tiempo a cambio de dinero sin obtener nada a cambio. Como le comentaba hoy a M., es como cuando una mujer te dice que nunca ha tenido un orgasmo; la miras pensando que no sabe lo que se pierde.

Hoy, mientras la fisio me masajea el tobillo izquierdo, reflexiono sobre cómo será pasar los días tocando a desconocidos e intentando acabar con su dolor. Cierro los ojos, ladeo la cabeza y me dejo mecer por la musiquita relajante con piar de pájaros que sale desde unos altavoces escondidos. Me pregunta en qué trabajo, y cuando le digo que soy psicóloga me cuenta que ella cree que su profesión también tiene mucho de psicológico. Que empieza a tocar espaldas y cuellos doloridos y al final salen emociones enterradas. No me extraña, en realidad: da a una persona atención en una habitación cerrada y llorará de alivio solo por tener a alguien que le escuche.

Te voy a tocar los puntos gatillo ahora, me dice, y empieza a clavarme el pulgar en los tendones. Me quejo suavemente, pero un poco por avisar, que yo aguanto bien el dolor. Ahora empezará a disminuir, aclara ella, y es cierto: después de un rato de presión, el dolor se disuelve. Le pido que me explique lo de los puntos gatillo. "Los músculos acumulan tensión en ciertas áreas y allí se forma una isquemia, un lugar donde la sangre no llega bien. Lo pulsamos con los dedos y la sangre acude. Eso causa el dolor, pero también hace que la zona se irrigue y que sea más fácil sanarla."

Cambiemos de escenario. Estamos en consulta un paciente, el psicólogo de la Unidad y yo, y hablamos de su episodio psicótico y de su infancia. El psicólogo ha dibujado una línea con boli sobre la parte trasera de un papel en sucio, y al principio ha marcado los momentos dolorosos con rayitas verticales y el episodio actual con un círculo negro.

Entonces el paciente comienza a quejarse de las voces que se escuchan en la habitación de al lado. Está muy enfadado y quiere levantarse para pedirles que dejen de hablar de él, que no le falten al respeto. Y cuando el psicólogo le pide que se centre y le trae de vuelta a la hoja de papel, a las dolorosas rayitas verticales, agarra el bolígrafo casi con violencia. Prolonga la línea hasta el final del folio. Aquí estoy yo, dice señalando el final de su adolescencia dibujada. Y hacia aquí seguiré. Marca una flecha. Y mañana estaré aquí, y aquí habrá otro episodio psicótico. Dibuja un garabato violento. Y pasado mañana estaré aquí - otra flecha -, y habrá otro brote psicótico - otro garabato -, y entretanto está mi corazón, que a veces va despacio y a veces va deprisa, pero que me duele tanto, tanto...

Se lleva la mano al pecho y levanta los ojos hacia nosotros, desolado.

Hoy estoy muy cansada. No estoy escribiendo a gusto. No tiene que ver con nada: ha sido una mañana larga, hemos tenido comida de trabajo y luego he estado tomando un café en Puerto Real con el Kpot. Me ha acompañado a la parada del autobús para Cádiz, y nos hemos reído muchísimo mientras tramábamos planes conjuntos para conquistar a DDM sentados sobre un banquito de piedra helada. Después la fisio, yo pensando que estoy dispuesta a pagar todas las sesiones que haga falta solo por tener esta sensación tan agradable de que alguien va a hacerse cargo de mi dolor. Y los puntos gatillo. Los lugares donde pulsar para que acuda la sangre.

Pienso en mi paciente. El día que llegó a la Unidad nos explicaba que la olanzapina, que es un neuroléptico, se la habían recetado para sus problemas cardíacos. Creíamos que estaba negando la realidad, pero hoy entiendo que en el fondo es cierto. Que le damos fármacos porque le duele el corazón. Todos tenemos puntos gatillo y una manera distinta de contraer el alma para protegerlos. Y en días como hoy, mientras calibro moviendo el tobillo si está mejor o peor que antes de que me lo manipularan, me pregunto si siempre son capaces de sanar o si a veces la isquemia es tan grave que no hay pulsación bienintencionada que pueda arreglar el daño.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Escribir/ escribir bien/ escribir mucho

Dice M. que no le está gustando El Gozo de Escribir, y entonces es cuando pienso que nuestro ciberidilio está condenado al fracaso, porque durante años EGDE ha sido como mi biblia. De hecho, tengo los otros dos libros que la autora ha publicado en español y me los releo con cierta frecuencia. Para quien no lo conozca, EGDE es un libro que habla de la escritura como práctica: de eliminar al censor interno, buscar la voz de uno, etc, etc, etc.


Yo empecé a escribir de forma medio intuitiva, porque leía mucho y me parecía un paso lógico. De pequeña era buena, pero me fallaba la imaginación, igual que ahora: no tenía talento ni paciencia para buscarles un final digno a los cuentos que me inventaba. Les daba vueltas y vueltas y no llegaba a ninguna parte. Una parte de mí pensaba que entre querer ser escritora y ser adulta había un abismo insalvable: mis sueños se quedarían al otro lado de la barrera, como les había pasado a todos los adultos que conocía, y yo tendría que vivir para siempre con su cadáver.



Así que cuando Aran me recomendó El Gozo de Escribir, digamos que salvó mi carrera literaria. En un mes había escrito cien hojas a word que no sé si eran buenas o malas, pero eran. Y creo de verdad que si estoy aquí casi doce años después, a post por día y con la forma de las teclas del ordenador marcada en la punta de los dedos, es por ese libro. No sé. A lo mejor habría llegado a la misma conclusión por otras vías. A lo mejor con el nacimiento de los blogs y esta creencia colectiva actual de pensar que nuestra vida es interesante pase lo que pase, habría sido capaz de ignorar mis limitaciones y escribir. No lo sé. Sé que en ese momento seguí escribiendo gracias a ese libro.



Hay momentos para todo, digo yo. Y la receta para escribir bien, de hecho, se parece bastante a la que apunta M. en su entrada. Leer mucho. Escribir mucho. Escribir para otros. Intentar hacer algo diferente o que, por lo menos, para ti sea diferente. No hace falta leer autoayuda para escritores, eso es obvio,



Sí opino que hay una parte que no es que sea innata, pero sí que se forja muy temprano. Yo creo que redacto bien porque he leído mucho, mucho, mucho, y sobre todo porque leía mucho cuando era pequeña. Tengo la música de las frases grabada en el cerebro. También creo que lo más importante es la sensibilidad, y que uno no puede escribir lo que no es capaz de percibir. Si no estás atento a los detalles, si no dejas que la vida te traspase, no podrás hablar de ellos y no serás un buen escritor. Y que la vida te traspase a veces duele, así que hay que pagar ese precio.



Leer es fundamental, aunque como a mí te cueste pagar el peaje de los clásicos. Quizá escribiría más sesudo si leyera cosas más sesudas. Procuro leer lo que me gusta porque mi objetivo es escribir el tipo de libro que querría leer. Hay una pregunta que circula entre los escritores del mundo: si tuvieras que renunciar a escribir o a leer, ¿qué elegirías? Y aunque yo creo que si no escribo a lo mejor reviento, creo que lo preferiría a dejar de leer. Aunque solo sea porque uno puede leer sin escribir y volverse loco, pero creo que sólo escribir, escuchar todo el rato el sonido de tu propia voz, es una locura mucho peor.



La cosa es que para escribir bien yo no sé muy bien qué hace falta. Yo creo que escribo bien. Otra cosa es si podría hacerlo mejor o dedicarme a sacar adelante algo con más entidad que estos post, pero en general estoy contenta con lo que hago. Lo sé porque a veces me paso un montón de rato leyendo mi propio blog y oye, me gusta, aunque solo sea porque es como mirar mi album de fotos personal. Y bueno, igual pasa como con las fotos, que no son tan interesantes para los que no han estado allí. Pero yo estoy contenta con las mías.



Supongo que escribir bien es como todo. Mucha autocrítica, mucha más de lo que pueden hacer pensar estas parrafadas autocomplacientes. Mucho pulir, mucho borrar, mucho escribir párrafos enteros a las doce de la noche y concluir que son una puta mierda y empezar de cero. Y tener algo de talento, claro; y, como dice M., si no lo tienes pues te jodes, qué le vamos a hacer.



Creo que en algún punto tendré que utilizar este hábito que estoy adquiriendo ahora para trabajar en algo con más seriedad. A ratos me parece que este ritmo me aturde y que no me da tiempo a publicar cosas de verdadera calidad. Pero estoy un poco enganchada, supongo: me gusta publicar todos los días y que me leáis, me gusta ser parte de vuestra rutina y leer vuestros comentarios en la Blackberry en cuanto me despierto por las mañanas. Y el tiempo no me da para mucho más. Quiero seguir con Psicosupervivencia y también quiero trabajar, dormir y demás.



Podría hacerlo mejor, claro. Pero a veces pienso que para eso necesitaría sumergirme en la escritura totalmente. No trabajar y disponer de mucho más tiempo, de más espacio: poder experimentar, recortar, corregir y elucubrar mucho más de lo que lo hago. Pero bueno. En la escalada se dice que lo que no te llevas para la saca te lo llevas para los bíceps, es decir: que si no encadenas una vía al menos te estás poniendo fuerte. Mi blog es mi roco. Las vías están ahí, listas para ser escaladas. Y yo estoy aquí, lista para acometerlas en cuanto tenga fuerza, me vea con ganas y el tiempo acompañe.



PD: Estoy particularmente orgullosa de mi último post en Psicosupervivencia. Por si le queréis echar un ojo.

martes, 7 de febrero de 2012

De libros malos y pollos mutantes

Con los libros pasa como con los tíos: encontrarte uno malo de vez en cuando es más o menos normal, pero cuando se te junta una rachita de dos o tres te empiezas a mosquear y a preguntarte, con las manos en las mejillas como el niño de Solo en casa, "¿por qué, Dios? ¿Por qué yo?".

Hace un par de días decidí que iba a dejar de arrastrar de un lado a otro La casa de los encuentros, de Martin Amis. Lo llevaba ahí en el bolso un poco por penita, pero en lugar de leer me dedicaba a tuitear. Y cuando prefiero tuitear a leer ya es como para preocuparse, sobre todo porque lo sentimos, pero sigue sin gustarme twitter, y mira que lo intento.

La cosa es que ayer me fui a la librería y desplegué mi sofisticada estrategia de selección de libros, a saber: me voy a Anagrama, veo si han sacado algo nuevo, compruebo que no, muevo la cabeza con desencanto. Busco libros con cubiertas bonitas. Leo las sinopsis a la velocidad del rayo. Descarto todo lo español, histórico o demasiado exótico. Descarto lo vergonzoso y romanticoide. Me voy a Anagrama Compactos. Compruebo que me los he leído casi todos. Miro los clásicos de bolsillo, pienso que debería leer a los clásicos, pienso que al carajo los clásicos. Y entonces, cuando justo he perdido la esperanza y pienso que soy un ser extraño o que en realidad leer no me gusta, encuentro algo que me llama la atención, echo un ojo al primer capítulo, compruebo la textura de las hojas y, si todo eso está más o menos bien, me lo compro.

Ayer iba todo muy mal hasta que vi dos opciones interesantes: Diario de invierno, lo último de Paul Auster, y una novela de un español desconocido llamada Vive como puedas. ¿Por qué me gustó el libro del español desconocido? Pues a ver. Me gustó el título como filosofía de vida. Vida resignada. Haz lo que puedas y ya se verá lo que pasa. Me gustó que lo publicaba Tusquets en Andanzas, y que en general suelen tener buen criterio. Y bueno, me gustó que Almudena Grandes hacía un comentario halagüeño en la vitola, algo como "¡¡Por el amor de Dios, tienen que leer esta novela, prométanmelo, es genial!!". Soy carne de marketing chungo, lo reconozco, porque pensé: joder, la Grandes. Que te puede gustar o no, pero tiene oficio y sabe lo que se hace.

¿Por qué preferir el libro de un español (argh) desconocido al de mi querido Paul? Por dos razones. La primera, porque creo que Paul está gagá. Creo que está entrando en una especie de espiral depresiva político postmoderna y que va a terminar como Neruda: muriéndose de pena en su casa de Brooklyn cuando el mundo colapse. Su último libro me puso tan triste. Pero no una tristeza literaria y verdadera, sino una tristeza de "por qué, Auster, por qué has escrito un libro en el que aparece la palabra culinchi". La segunda razón es que Diario de invierno, que también tiene un título alegre por los cojones, está escrito en segunda persona. Un ratito en segunda persona sí, Paul Auster, como en Invisibles, que la verdad no me pareció mala. Pero ¿un libro entero? Uf, qué va. Y mira que me gustas a la par que me pones. Que parece mentira que tengas sesenta y cuatro años y aun así estés tan poderosamente frinkable.

Así que allá que fui y me compré el libro del español desconocido, que a partir de ahora pasará a ser conocido como El Lamentable Tipo Sin Talento Del Que Tengo La Desgracia de Estar Leyendo Una Novela. Uf, es demasiado largo hasta para las siglas, así que vamos a llamarle Lament. De Lamentable.

Bueno, pues cuando me meto en la cama así en plan vale, no tengo novio pero tengo un nórdico genial y una almohada cara y un libro nuevecito entre mis manos, y empiezo a leer a Lament expectante y confiada, descubro que bueno, que el libro es malo con alevosía. Pero muy, muy malo. Y me pregunto cómo se me ha podido escapar. Que me leí el primer capítulo entero en la librería y no me pareció tan terrible. Que lo recomienda Almudena Grandes.

¿Por qué es malo? Pues yo qué sé. Está mal escrito. Es una mezcla entre repipi y burdo que me aberra. Los diálogos son muy, muy poco creíbles. Los personajes están muertos por dentro; el argumento digamos que a la altura de la página 133, que es por donde voy ahora, no tiene ni pies, ni cabeza, ni perspectivas de mejorar. Me he reído dos veces, eso sí; una de ellas porque el protagonista droga sin querer a su anciana madre. Pero por lo demás, muy malo.

Entonces una piensa ¿qué le pasa a la gente? Lo de Almudena lo vamos a dejar. Que estaría en un sarao literario planteándose si su siguiente libro alcanzaría las veinte ediciones o más bien las veinticinco y le dijeron "va, Almudena, di algo bonito de este muchacho, que hemos invertido mucho en editar su segunda novela y no queremos arruinarnos". Y Almudena elevó graciosamente su martini y dijo "Jijiji pues yo qué sé... algo como... ¡¡qué novela más buena!! ¡¡leedla!!". Y tal cual, a la vitola.

Pero lo de este notas tiene más delito. Rosa Montero escribió hace tiempo un artículo sobre el drama de los escritores sin talento. Decía que les anima el mismo fuego que a los otros, pero sin esperanza de conseguir producir nunca algo bello, y a veces (las peores veces) de darse siquiera cuenta de que no son capaces. Y este chico... pues no sé, que eres filólogo, que se supone que tienes un bagaje. Mi profesor del taller decía que no se puede inventar la bicicleta. Que para escribir peor que los demás o para escribir mediocre, no escribas. Y no sé, pero a mí lo que me preocupa es que creo que escribir bien es sobre todo una cuestión de sensibilidad: tienes más registros, la realidad pulsa en ti más teclas y tú tienes el acierto de saber reflejarla. Tampoco hace falta añadir tanto. La vida por sí sola tiene la suficiente riqueza de detalles y de humor como para bastarle a la literatura. Por eso los escritores malos me dan tanta pena: porque me los imagino un poco ciegos, con cierta agnosia mental para la belleza.

Aquí es donde me planteo si me estoy poniendo nazi, si sobre gustos no hay nada escrito, si a lo mejor no tengo ni puta idea de hacia dónde va el panorama literario español. Si yo debería ser también filóloga para que me gustara la novela de Lament. Pero quiero creer que no. Quiero creer que escribo bien y que sé, más o menos, dónde está lo bueno. Siempre he respetado el esfuerzo que supone escribir una novela, y a lo mejor, de hecho, el problema no está en el autor, sino en la cadena mongoloide de agentes y editores y Almudena Grandes que ha llevado ese libro a las tiendas del mundo.

En fin, que no me está gustando. Que no sé si ir a devolverlo, aunque igual es un poco chungo. Que para colmo me tienen baneada de la biblioteca hasta San Valentín, y encima soy pobre como las ratas después de que hoy en la tienda ecológica me hayan colado un pollo de corral de tres kilos que me ha costado un ojo de la cara. Pero que en realidad igual la culpa es mía y solo mía. Como con los tíos. Por no fijarme bien en el interior. Por dejarme llevar por los impulsos. Por hacerle caso a la flamante vitola roja con cosas bonitas escritas en ella que todos nos esforzamos por llevar alrededor del cuello.

Y bueno, esto no tiene nada que ver pero, por el amor de Dios: tenéis que ver mi ecopollo.



Por favor. Un pollo de tres kilos. Que podría ser yo qué sé, un hijo. O un tiranosaurio. Que no sé si lo de ecológico quiere decir que lo mataron cuando él quiso porque la vida ya le aburría. O cuando dejó de respirar por una apnea del sueño. Que no me cabe en el congelador. Que me ha destrozado el presupuesto del mes. Maldita sea mi bondad, que diría Susanita.

Hasta mañana, pequeños.

PD: Espero no haber herido la sensibilidad de ningún vegetariano/vegano con la foto del ecopollo. Pero es que sabéis que me puede demasiado hacer las cosas en aras del humor.

lunes, 6 de febrero de 2012

Qué fácil es estar contenta un lunes cuando se tiene saliente y puedes dormir hasta que te duela

Pues parece ser que sí: que me voy a Madrid ocho meses enteritos. Qué genial. ya estoy mirando rocos y talleres de escritura. A lo mejor me hiperestimulo y me vuelvo loca; quién sabe. Para entonces llevaré dos años y medio en Cádiz y tres veranos de sol y Caleta. El verano en Cádiz te deja tocado: tu cerebro se inunda de endorfinas, te vuelves loco de atardecer a las diez y media de la noche, el viento de levante te zumba el cerebro y llegas a la conclusión de que el trabajo es muy prescindible. Luego todo eso se suma al slow de la vida gaditana y acabas disfrutando de esta mezcla entre lo sencillo y lo cutre. El caso es que cuando llegue a Madrid y vea que lo tengo disponible TODO, igual me explota el cerebro.

Lo que sí creo es que allí me enamoraré o aberraré en silencio, una de dos.

Mi última experiencia con una gran ciudad fue Barcelona, y fue mala. Claro, que por aquel entonces yo tenía dieciocho años y no sabía nada de la vida. Qué gracia, porque el sábado en la guardia estuve hablando con el MIR acerca de si uno va sabiendo más de la vida con los años o en realidad es todo el rato igual de estúpido. Supongo que uno sabe más y, al mismo tiempo, se va haciendo más consciente de la de cosas que le quedan por saber. Y sigue cometiendo errores parecidos. Por otra parte, si lo miro ahora pienso que hay algo de tierno en seguir cometiendo grandes errores: algo de inocencia ilusionada que, a pesar de todo, no quiero perder.

Me acuerdo perfectamente del primer día que llegué a Barcelona. Me bajé del tren en Plaza Catalunya y miré aquellos edificios sobredimensionados. Tuve que entrar al BBVA para que me solucionaran nosequé papeleo, y caminaba sobre los suelos de mármol como los niños de Mary Poppins en el banco de su padre. Barcelona a los dieciocho años me daba mucho, mucho miedo. Me dio tanto miedo que desde entonces me propuse vivir de Despeñaperros para abajo, y aquí me tenéis: casi todo lo al sur que se puede estar.

Iba pensando estos días en escribir un post sobre Andalucía. El otro día hablábamos en el roco de este vídeo, que para los que no queráis verlo es de un notas escalando un bloque que se tira al suelo y cae a lo loco encima de otro notas. El bloque consiste en escalar rocas pequeñas y difíciles sin cuerda, con colchones debajo y gente que se coloca para cubrirte y ayudarte a caer. El caso es que el vídeo es muy, muy gracioso, y lo que no se entiende muy bien es lo serios que se quedan los tíos después de la caída. Que eso pasa aquí, en Cádiz, y el cámara se empieza a descojonar en el momento en que el tío no sabe bien cómo bajarse del bloque, y para cuando se ha caído encima del otro ya está echando las tripas por el suelo. Lo que quiero decir es que me gusta mucho, mucho, mucho Andalucía, y más concretamente Cádiz y el carácter de aquí. Hay que pagar un precio por vivir aquí, eso está claro, y somos todos muy informales, y muy impuntuales, y no es que seamos vagos: es que estamos cansaos. Y hace mucho calor en verano, y se llena de guiris, y la gente tira los papeles al suelo y bueno, pueden parecer tópicos, pero hay diferencias con el norte y se nota. Sin embargo, a mí me compensa.

Y a pesar de esto quiero irme. Ya lo dije el otro día: nunca pensé que le iba a coger el truco a lo de mudarme. Hay una parte de mí que quiere arraigar y, de hecho, el año pasado había veces que cuando volvía de Málaga entraba en Cádiz acurrucada en posición fetal en los asientos del autobús y pensando en mayúsculas PERO SE PUEDE SABER QUÉ COJONES ESTÁS HACIENDO AQUÍ. Y justo ahora que estoy arraigando, que tengo amigos de verdad y no solo conocidos, que la del Covirán me conoce y no me roban la moto de la puerta de mi casa aunque me vaya un mes... resulta que la perspectiva de irme unos meses me encanta.

Supongo que tiene que ver con las posibilidades que esconde lo nuevo y lo rápido que se ensucia la limpieza mental de las calles. Me acuerdo de cuando Granada era nueva para mí y de lo rápido que se llenó de recuerdos. No llevaba allí ni un mes cuando ya miraba con nostalgia los bares donde había conocido a Nacho, el amigo de Josy que me robó el corazón un verano. Me hace gracia recordar también las primeras semanas en Cádiz, cuando iba de un lado a otro aturdidísima, buscando copisterías y ferreterías. Y ahora es raro que salga y no me encuentre a un paciente o a un conocido.

El tema de la vida es que tiene tantas posiblidades, tantas. Es muy rica. Y a veces se nos olvida. No es solo por las ciudades. Es rica en las personas a las que nos presenta y las experiencias que nos ofrece. Es tan rara y tan loca, tan brutalmente injusta y al mismo tiempo tan luminosa. Contiene muchas opciones y solo tenemos un cerebro y un corazón para atravesarla. Lo peor, o lo más gracioso, según se mire, es que al final todo eso, todo nuestro corazón tan dolorosamente ensanchado, nuestro cerebro tan lleno de aprendizaje y experiencia, morirá y se desintegrará. Y eso lo vuelve todo tan absurdo y, al mismo tiempo, tan importante. El borrador sin cuadro del que hablaba Kundera. La búsqueda de un sentido que se nos escapa todo el rato.

No sé. Hoy ha molado como día. Me he levantado tan contenta que me podría haber preocupado. Ha habido crepes, libros, música y una visita breve al Carrefour, que me relaja. He bailado en mi salón y he eludido otra vez las tareas de la casa. Porque en realidad, ya sabéis que yo siempre digo eso de que todo va a salir bien. Pero, si me apuráis, todo está saliendo bien, ya, ahora.

PD: Señor M., ha llegado el momento de abrirle una etiqueta a Madrid. Hu ha.

Sexcritura

Tengo un problema con escribir sobre sexo. Un problema grave. Ayer leí la última entrada de Rorschach y bueno, porque estaba de guardia, que si no me voy por ahí a violar incautos. Qué calentón más malo y más gratuito. Así que quería escribir algo no parecido, sino simplemente digamos sexual. Por el placer de hacerlo: por describir guarradas, que no es ni la mitad de divertido que hacer guarradas pero podría tener su punto.

Entonces llegamos al tema. Que no me gustan las palabras que hablan de sexo. Que no me gusta decir coño ni tetas ni polla: me parece malsonante. Acabo con eufemismos y rebordes anatómicos: escote, sexo, pubis, humedad, erección, y al final aquello parece una novela rosa mala de esas con fotos en las portadas. Y va, yo quiero escribir sobre follar a saco, es decir, con todas las letras. Sobre comer pollas mirando a los ojos y disfrutando del sabor salado del glande sobre tu lengua; sobre ponerse a cuatro patas y gritar sigue, sigue, más fuerte, así, sigue, sin que te importe un carajo que te escuchen los vecinos. Sobre tíos que son capaces de hablarte, de decir las palabras justas en el tono adecuado, de decir, por ejemplo, "pero cómo me la puedes poner tan dura" o "joder, qué coño tan mojado" y que no suene forzado y que te ponga tan, tan cachonda que no puedes respirar. O quiero escribir sobre que te empotren, que te empotren de verdad: comidas de coño, maniobras manuales extrañas, esforzados acariciamientos de pezones; nada de eso se puede comparar con que un tío sepa empotrarte. Que te agarre fuerte de las caderas, te mire a los ojos, te la meta con decisión y sepa llevar el ritmo. Y que te haga sentir que bueno, que tú también participas, claro; que estáis follando los dos o incluso que estáis haciendo el amor. Pero que él tiene un control que tú le has cedido porque no te importa, porque te gusta: te gusta dejarte hacer en estos momentos, que él te diga con el cuerpo "ahora mismo eres mía y esto es lo que hay".

Peor bueno, yo qué sé, escribir sobre todo eso, describirlo así con detalle como en los relatos eróticos que me gustaba leer a mí cuando tenía menos edad y más necesidad de porno, me produce una mezcla rara entre pudor y grima. El sexo es una de las pocas cosas que me parece que quedan muy, muy lejos de la literatura. El resto de la vida se puede condensar y expresar bien con palabras y, de hecho, muchos momentos que en la realidad son una puta mierda, o anodinos sin más, escritos sobre papel parecen intensos e interesantes. Pero el sexo no. El sexo me resulta muy, muy indescriptible. Cómo vas a describir lo que sientes cuando un tío se coloca bajo tus piernas, te mira a los ojos y te susurra "Dios, estoy temblando", o cuando te rodea con el brazo mientras te folla y después se corre gritando y casi llorando y te mira con los ojos muy abiertos, y se te queda abatido en su cara en tu cuello, diciendo que te quiere, pronunciando tu nombre.

Ojalá follar bien fuera sólo follar bien, así como una cosa mecánica, técnica, que pudiera aprenderse y mejorarse. Pero hay un punto de intimidad profunda, de conexión intensa y presente que, sencillamente, no puede escribirse. Hay tantos momentos de asombro y agradecimiento en el buen sexo, una voluntad intensa e inútil de aferrarse a las sensaciones o de querer morirse justo en ese momento. La mezcla extraña entre placer y dolor. La adoración contenida de un cuerpo y una mente que te gustan de verdad.

(Va, de verdad, necesito un novio. O un amante. O algo. Que escribiendo se puede sublimar prácticamente todo menos eso. Que escribir sobre sexo es lo más parecido a un polvo a medias que se puede experimentar estando solo)

sábado, 4 de febrero de 2012

Vetusteando, que es gerundio

Es una de esas noches. Noche de viernes preguardia, que es algo así como un falso viernes porque sabes que al día siguiente te toca currar. Mi casa, una vez más, parece haber vomitado sobre sí misma. Odio la colada y odio tender con este frío terrible. Llego a casa después de entrenar un rato y de tomar algo con la gente del roco. Caliento un tazón de sopa, le echo un par de hojas de la planta de hierbabuena del balcón y me siento frente al ordenador con los pies prácticamente incrustados en el calentador de aire.

No se me ocurre nada, no se me ocurre nada, o más bien se me ocurren cosas y ninguna me satisface. Podría escribir un post sobre tíos que no son guapos y que aun así me ponen. Para lavar mi honor y borrar un poco esa imagen de chica superficial que estoy dando últimamente. Pienso en John Cusack, pienso en Valentino Rossi (va, no, este es guapo; bajito, pero guapo). Luego se me ocurre un post de recomendaciones metaliterarias: libros sobre escritura que me han inspirado. Pienso en El gozo de escribir, pienso en Pájaro a pájaro, pienso en La novia imaginaria.

Pero en realidad no quiero eso. En realidad quiero, como decía Golfo, romper a escribir como quien rompe a llover. Así que me levanto, miro la pila de platos sucios sobre el fregadero y decido que voy a escuchar Vetusta Morla y a fregar, a ver si entre la música y la espuma me visitan las musas. Me pongo los guantes para poder poner el agua muy caliente y ver, encantada, cómo la grasa sólida se diluye y se marcha por el desague. Hay algo de mágico y sagrado en la mugre que se va y en cómo lo sucio se vuelve limpio.

Saqué el primer disco de Vetusta de la biblioteca hace más o menos un año y no llegué a escucharlo. Se me pasaron los días de préstamo y tuve que devolverlo deprisa y corriendo sin acordarme siquiera de importarlo al iTunes. Meses después conocí a IA, que estaba empeñado en que los escuchara, así que una noche abrí el Spotify, busqué Vetusta Morla y pinché en el primer título que me llamó la atención: Maldita dulzura. En aquel momento era así: maldita dulzura la suya, porque yo colgaba el teléfono todas las noches y gemía de desesperación sobre mi cama, verídico. Lloriqueaba como si tuviera ocho años pensando que de ahí no podía salir nada bueno. Escuché la canción medio estremecida. "Hablando pasan los días que nos quedan para irnos."

El primer fin de semana que pasamos juntos, IA me puso el primer disco entero en su furgo, conduciendo hacia Valladolid el domingo por la tarde. Me gustó mucho. Me gustó tanto que cuando comprendí que lo nuestro, si se puede llamar así, había terminado, me propuse seguir escuchando el CD hasta que dejara de recordarme a él, porque podía renunciar a IA, pero me negaba a renunciar a Vetusta. Aun así, sigo pasando Maldita Dulzura cada vez que el orden aleatorio del Spotify la selecciona. Y en eso pienso hoy mientras friego los platos y canturreo Sálvese quien pueda: en que ahora Vetusta me sigue recordando a IA, claro que sí, pero de forma menos emocional, menos brusca. Puedo tolerarlo. Pensando que en algún punto él dejará de importarme, y lo sabré porque vendré aquí y contaré la historia como sucedió: no trozos escondidos, no verdades a medias, no alusiones que yo entiendo y que creo que él entiende y que vosotros no sé si entendéis. Lo escribiré todo. Mientras no sea capaz de eso significará que me sigue importando.

Friego despacio y repaso el día. Le he pasado un test de inteligencia a un señor con una demencia tipo SIDA que al terminar no sabía volver a su habitación desde la consulta. Yo le hablaba suave y él sonreía: ¿lo hago bien? preguntaba desde detrás de su lengua disártrica. Había estado viviendo un tiempo en la casa Colichet, un centro para enfermos de SIDA que hay en Churriana en el que trabajé un verano como voluntaria. Ayer repasaba la historia del paciente y vi un informe escrito por Sor Juana, la monja que lleva el centro, y la recordé machacándonos a trabajos de bricolaje y jardinería y explicándonos que los enfermos necesitaban nuestra compañía, sí, pero necesitaban mucho más que encaláramos la pared del patio. Uno de los pacientes murió el día después de que nosotros acabáramos de trabajar allí. Aguantó hasta que nos fuimos. Otro me miraba tan fijamente y con unos ojos castaños tan profundos y dulces que una tarde me volví a casa convencida de que era la reencarnación de Jesucristo.

En realidad, pienso mientras sigo fregando platos y el reproductor me canta Valiente, no tengo carencias afectivas. No ya por mis pacientes. En general, podría decirse que mi corazón está a pleno rendimiento. Quiero y me quieren. Aran me ha mandado hoy un corazón verde por Whassap, "me acordé de ti y te he enviado un corazón de meta" (creo que es un juego de palabras entre menta y metta, el amor compasivo budista, pero no lo tengo claro). Ayer una lectora me escribió un mail tan largo, bonito y agradecido que me tuvo toda la tarde con una sonrisa en la cara. Y en realidad ya os digo: quiero, me quieren. Funciono.

Pero hoy salía del roco con Eva y Toñi, que iban a cenar en casa de Eva y acarreaban sendas bolsas del Mercadona llenas de lasaña y vino. Yo habría ido también, pero me he abstenido en pro de llegar a la guardia descansada y poder escalar el domingo. El caso es que hace un frío que se congelan los pingüinos incluso aquí, en el dulce sur, con lo que no quiero ni imaginarme cómo estará el rudo norte. Y me acuerdo de IA y pienso que tiene que estar bien contento con todas las montañas del mundo cubiertas de hielo para que él pueda clavarles sus crampones. Y la cuestión, que me disperso, es que hacía un frío tremendo y yo era la única que no llevaba guantes. Llegamos a la furgo de Toñi, yo me siento detrás y Eva en el asiento del copiloto. Me miro las manos heladas, con la piel reseca del magnesio y los nudillos hinchados. Qué frío, cojones, suelto, tengo las manos congeladas. Eva saca los brazos hacia atrás, "trae, que te las caliento", y agarra mis manos con las suyas que están templaditas y suaves. Me rodea los dedos, me dice que pegue mis pulgares al dorso para que no se queden fuera, y mientras charlamos y cruzamos el Puente de Carranza, yo con las manos enfundadas en las de Eva, pienso que en mi vida afectiva no tengo carencias, pero que necesito tanto que alguien me toque.

Por instinto sé que lo que escriba hoy deberá mencionar eso, y por instinto voy componiendo las frases en mi mente mientras me estremece Copenhague, paso la bayeta por la encimera y limpio la vitro con una espátula. Ladrillos de vida en forma de palabras que intentan plasmar una imagen. No se trata más que de eso. Y ni siquiera he empezado a escribir hoy, pero ya sé que podré llover con los dedos y que el post va a gustarme, aunque sea de una forma dolorosa. Que tardaré menos de lo que creo y corregiré menos de lo que imagino. Y mientras La marea va desgranando las últimas notas y recuerdo a IA cuando la cantaba mirándome a los ojos e intentando llegar a los agudos, estiro los dedos como un concertista, despejo un poco la mesa de pintaúñas y papeles y me siento a escribir. Prematuramente satisfecha. Deliciosamente melancólica. Contenta, en general.