massobreloslunes

domingo, 20 de noviembre de 2011

Intervención en crisis

El martes pasado vi a un paciente que no era mío porque su referente estaba ocupada y él había venido sin cita. "Conténlo hasta que le puedan ajustar la medicación", me dijo su psicóloga, lo que no deja de tener telita como instrucción profesional, pero para qué vamos a ahondar en ese tipo de heridas. La cuestión es que me metí en una consulta con un chaval al que no conocía en absoluto y que moqueaba y lloraba diciendo que no podía con su vida y que quería morirse.

Lo primero que te entra es un pánico mortal. Tu cerebro quiere buscar soluciones a los problemas que te trae el paciente. Quieres decirle que se anime y que la cosa no está tan mal. Si la cosa está verdaderamente mal, y a veces lo está, sientes cómo crece en tu interior el miedo a no servir de nada. Mi paciente, al que vamos a llamar David, estaba sentado enfrente de mí contándome que habían abusado de él cuando era pequeño. Y yo, que tenía el ordenador con el Facebook abierto y que no había podido tomarme mi meriendita de media mañana, me preguntaba hipoglucémica y desconcertada qué coño podía decirle a este chaval que le hiciera sentir mejor.

El primer paso, por absurdo que parezca, es traer clínex. Y agua. Aunque no les haga falta. Punto uno, porque llorar sin clínex es muy molesto; la vida ya es perra como para sobrellevarla moqueando. Punto dos, porque aunque no tengan sed es bonito sentir que te cuidan. Después te tienes que recomponer tú, como profesional: percibe tu miedo, identifícalo y átalo corto. Que no te pueda. Deja a un lado tu ego, remángate la camisa metafórica y húndete hasta los codos en la miseria ajena para ver si puedes ayudar en algo.

Después de eso puedes intentar entender. Olvidarte de que tú eres la profesional y se supone que debes ofrecer respuestas, despojarte de tus expectativas y escuchar de verdad al que tienes delante. David me suelta un montón de datos en muy poco tiempo. Me habla de lo mucho que piensa en el hombre que abusó de él, de que está agobiado por coger la baja y que le echen del trabajo, de sus problemas con la novia.

Intentas entender y después pones palabras. Es increíble y precioso cómo nombrar las cosas las hace reales y dignas de respeto. ¿Sabéis lo que vuelve loca a la gente? Que no se les vea, que se niegue la realidad de su sufrimiento. He visto a mujeres abusadas por sus padres que lo que realmente no pueden asimilar es que sus madres les dijeran que eso no tenía importancia. A David le digo algo como "veo que estás muy agobiado", y me asiente con los ojos empañados como si le estuviera revelando la realidad de su existencia.

Buscas los pequeños atisbos de luz, porque la hay. La parte que no está rota. David me habla de su hija y le pregunto cómo se llama. Le pido que me enseñe fotos, y saca de su cartera un par de ellas donde se ve a una niña de mofletes redondos, no especialmente guapa, pero sí muy tierna. Es preciosa, le digo, y le pido que me hable de ella; no por nada, sino porque recordar estas cosas bonitas está activando las conexiones positivas de su cerebro y actuando de calmante natural. Como yo cuando escribo sobre la PK para escapar de la penita.

Estableces pequeños compromisos. Algo que el paciente pueda hacer en los próximos días o las próximas horas, hasta la siguiente vez que vaya a venir o hasta que se le pueda dar otra ayuda. Las crisis te sumen en un tunel de presente intenso y desesperado. Muchas veces sólo hace falta dar al dolor una dimensión temporal, de cosa que acaba y da paso a otros momentos. Cambiar el encuadre, introducir la palabra mañana, o el lunes, o la proxima semana.

Y ofreces esperanza. Hablas de la gente que está dispuesta a ayudarle, empezando por ti, porque parte de tu trabajo es simplemente convertirte en ese pretexto para salir adelante, demostrar que tu paciente te interesa. De nuevo miras, y ese acto de mirar y ver con compasión al otro se vuelve curativo.

Todo esto que acabo de explicar en realidad no es más que un parchecito. Es como dar un ibuprofeno cuando detrás hay una enfermedad enorme que lleva gestándose años. Te queda mucho por trabajar con ese paciente, e incluso después de muchas sesiones no esperes que vas a dejarle en estado de revista, porque las personas no son coches. Pero a pesar de esto, del realismo pragmático que no puedes perder si trabajas en esto, te sientes contenta. Por ti, por haber sabido mantener la calma y cruzar a través de la oscuridad y de tu propio miedo. Y porque armada simplemente con palabras, has conseguido que una persona deje de llorar. Que sonría un poco. Que no se pula los clínex de propaganda farmacéutica que tienes en el escritorio. Y eso, a pesar de ser bastante de andar por casa, no deja de parecerme un pequeño milagro.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Preocupante optimismo de jueves


Antes de empezar este post quiero que sepáis todos que he encontrado la solución a cuándo pintarme las uñitas para que el rato que tardan en secarse no se me haga eterno y no termine destrozándomelas por impaciente, a saber: antes de escribir. En efecto: escribiendo a ordenador las uñas no rozan con nada, y se secan la mar de bien mientras yo atrueno con mis chorradas vuestros oídos mentales. Así que aquí estoy, con mi rojo favorito (el rouge fashionista de Bourjois) contrastando contra las teclas blancas del Mac.

Hecho este inciso, quiero decir que esta semana me siento ridículamente optimista. En realidad yo qué sé, últimamente mi vida no es más que una sucesión de momentos bastante agradables, así que tengo motivos para el optimismo. Por otra parte, claro, está mi conciencia perenne de que la vida es frágil y la línea que nos separa del lado oscuro es fina. Cada vez creo más en lo del karma, porque si no la aleatoriedad de todo esto me volvería loca. Voy yo con mis medias violetas y mis guantes de polar rosa, conduciendo mi moto y apoyando los tacones en el suelo, y alcanzo a ver mientras conduzco cómo una chica joven y morena rebusca en el cubo de basura que hay al lado del Supersol. Y luego hacer cola en la caja registradora del Hipercor, y mirar fascinada a una señora mayor con mechas rosas y rojizas en el pelo cano que está comprando dos botellas de champán supercaro, sólo eso, dos botellas de champán, y que me hace desear envejecer sólo para poder teñirme así y comprar champán yo sola en el Hipercor. Contrastes.

Esta noche me he despertado rascándome la cara hasta hacerme sangre. Me pregunto si en algún momento me tendré que poner manoplas, y espero sinceramente que no, porque me parecería muy triste. Y fluctúo entre desesperarme por mis pequeñas miserias y alegrarme todo el día por esta vida de una luz terrible. Hoy íbamos en coche a Jerez, a un curso que ha sido aburrido como el Averno, dos compañeras y yo. Una de ellas es amiga, quedamos a veces y me cae muy bien. La otra también me cae muy bien, es muy maja, muy mona, muy alta, con su Ford Focus y su iPhone, un bolso marrón precioso de Bimba y Lola y un novio que vive en Sevilla y que también tiene un iPhone por el que hablan por videoconferencia. Y es super maja, de verdad, muy muy simpática, pero es una de estas personas que no tiene imaginación, y lo ves tan claro como si le faltara un brazo.

Cuando estaba con J. y él vivía en Pedregalejo, que es un barrio bueno de Málaga, íbamos a desayunar las mañanas de domingo a la Galerna, un bar modernito frente a la playa. Pedíamos unas tostadas riquísimas de pan de cereales cubierto de tomate batido, con un chorrito de aceite rollo elegante que salpicaba los platos cuadrados. Yo tomaba té verde en las tazas de loza blanca, J. pedía un café y nos dábamos besitos por encima de la mesa, porque si algo éramos nosotros es empalagosos.

Y esto viene, que me disperso, a que en el paseo marítimo de Pedregalejo hay un montón de familias recién constituidas de padres jóvenes con hijos pequeños. Algunos eran amigos de J., que es del barrio de toda la vida, y le saludaban mientras yo hacía carantoñas a sus bebés. Ellas siempre llevaban mechas y ellos siempre se estaban quedando calvos, y en cuanto les veías podías intuir que se conocieron en el instituto, salieron durante la facultad, se casaron y ahora tienen una hipoteca y 1'5 hijos rubios, que nunca entiendo por qué salen rubios si se ve claramente que lo de la madre son mechas.

Y a mí allí sentada, cogida con una manita de J. mientras comía pan con tomate con la otra, me daba por pensar que yo quería ser así: madre joven y mona con mechas y niños rubios, con un pisito en la Cala porque son más baratos, con mi hijo y medio paseando contento en su carrito. Por otra parte, sin embargo, me daba una angustia terrible pensar que mi vida ya estaba hecha y que me la iba a pasar siendo la mitad de una pareja, saludando a amigos con bebés y paseando por la playa las mañanas de domingo.

Todo esto me recuerda, y permitidme otra disgresión, que ya sabéis que al final siempre vuelvo al comienzo y todo cobra más o menos sentido, a que hace poco mi padre me contó que cuando nos compramos nuestra primera casa en Málaga pensó que él de allí ya saldría, y cito textualmente, con los pies por delante. "Y qué va, Marina, fíjate: me he comprado dos casas más, me he divorciado, me he vuelto a casar y quién sabe lo que me queda por pasar en la vida". Solo que mi padre en general es pesimista y no cree que le vayan a pasar muchas cosas buenas.

Lo que quiero decir es que claro que echo de menos a J. y las tostadas matutinas, y claro que a veces querría ser como las rubias con mechas o como la chica alta y mona de los iPhones gemelos. Pero fijaos en las cosas bonitas que me han pasado desde entonces, que quién me iba a decir a mí que viviría sola y a la vez podría ir por ahí en mi moto de los dieciséis, con mis tacones preciosos y mis medias violetas, y también pasar los fines de semana arañándome la piel en la roca, y colgar una barra en mi pasillo para hacer dominadas, y quitar verrugas con bisturís eléctricos, y ver a muchos muchos pacientes reales y fascinantes, e irme por ahí a conocer lectores adorables, y darme besos breves con rubios divertidos que luego resulta que tienen a griegas ocultas, y comprar cuerdas de ochenta metros por Internet, y decidir que en vez de un coche quiero una furgo, y sentir una alegría tonta cada vez que cruzo el puente de Carranza en dirección a Cádiz, y mirar las marismas con arrobo, y saludar a la gente diciendo "illoooo", y aprender POR FIN cómo se maneja una réflex, y limarme los callos de las manos, y escribir todos los días durante meses, y bailar en el salón al mediodía mientras entra el sol por la ventana, y descubrir Vetusta Morla, y ser capaz de pintarme las uñas de la mano derecha sin salirme.

Así que terminando con el post, y descubriendo nuevos límites para mi capacidad de dispersarme escribiendo, resumo: son muchas, muchas cosas, muchas cosas bonitas y nuevas. Y me tienen en un estado tan triposo de agradecimiento que me pregunto si realmente estoy capacitada para dar consejos sobre cómo vivir o simplemente he tenido suerte.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Hoy es el día

Hoy es el día en el que me escaqueo de escribir porque mañana tengo que madrugar más que el resto de la semana para ir al seminario de área. Peeero me escaqueo con sutiles excusas y desafiantes propuestas.

No estoy escribiendo el Nano. Fue una muerte anunciada. Al tercer día y con tres mil palabras escritas, pensé "qué cojones estás haciendo, Marina, a quién quieres engañar". Y dejé de intentarlo. No es que me sienta muy orgullosa, pero tampoco me conflictúo. Si algo he aprendido últimamente es que para hacer lo que nos importa hay que funcionar con un poco de fuerza de voluntad y un mucho de pasión. Y mis niveles de pasión hacia la novela en este momento concreto de mi vida son muy bajitos.

El problema, creo yo, es que no estaba dispuesta a dejarle a la novela un hueco en mi vida. Sabía que tenía que renunciar a cosas y no quería. No se trata ya de escalar menos; es que no quiero ni siquiera dejar de nadar, ni de escribir aquí, ni de dormir siestas obscenas con despertares desubicados. Me encanta mi vida ahora y no quiero cambiarla demasiado. Así que bueno, en otro momento será. Quizá el noviembre que viene, quizá cuando acabe el PIR, quizá nunca. Voy a intentar seguir viviendo mi vida escritoril con la misma curiosidad y expectativa con que intento vivir mi vida de persona física.

Por qué nos cuentas tú esto, Marina, corazón, si decías además que hoy no ibas a escribir. Que el día que decidiste aprender mecanografía le hiciste un flaco favor a la blogosfera.

Pues todo esto viene a que ya os dije que quería abrir un blog sobre psicología para dummies, autoayuda perversa, llamadlo X. Esa idea sigue en mi mente y sí que me motiva muchísimo. El tema es que necesito un nombre para el blog. Algo sencillo, con gancho, evocador, compasivo, original y en suma brillante. O, por lo menos, algo sencillo y con gancho. No tengo ni siquiera vagas ideas por las que podáis votar, así que agradecería un montón vuestras sugerencias.

¡Proponed, proponed! En cuanto tenga un nombre me pondré a escribir como una perraca, y en ese momento vuestras vidas mejorarán y seréis más felices, así que pensad a tope y a ver si entre todos se nos ocurre algo chulo.

Besos. Gracias. Lofiu. Mañana más.

Reflexiones sesudas en la habitación del Maik

Estamos en el roco el Kpot y yo. Hay más gente, claro, pero los demás están entrenando en la parte de los tablones y nosotros nos hemos metido en la que llamamos "La habitación del Maik". El Maik es un tipo gigante que practica algo llamado "Valetudo". Cuando le pregunté si era una mezcla entre Ballet y Judo, me miró con cara de "te estás quedando conmigo o qué pasa" y me explicó que no, que quiere decir que Vale Todo. El Maik calienta haciendo a la vez abdominales y flexiones. El Maik se deja que le partan trozos de madera en la tibia, y no es que no le duela; es que el dolor le da igual. Total, que estamos el Kpot y yo en el cuarto donde el Maik entrena y sospechamos que le da palizas a gente, pero ahora nosotros estiramos sobre colchonetas sucias y hacemos flexiones con lo que nos queda de brazos.
- Quilla - Kpot para de hacer flexiones y se queda tirado boca abajo -. ¿Por qué la gente llora en los psicólogos?
- Yo qué sé, pues porque sí, porque está triste, ¿no? - yo no me siento para nada en modo psicóloga. Tumbada sobre mi espalda, llevo las piernas hacia atrás tipo postura de yoga y respiro mientras intento estirar la columna y las piernas.
- No, ya, pero a lo mejor estás igual de triste que con los amigos o con la familia. Sin embargo, con el psicólogo lloras.

Al Kpot le encanta saber por qué la gente se comporta de una u otra manera, y siempre me hace preguntas "rollo psicológico" que me descolocan. Intento ponerme en modo semiprofesional, aunque no sé si la sangre me llega bien al cerebro en esta postura. Me incorporo.
- Yo creo que es por la manera en que el psicólogo responde a tu sufrimiento - digo -. Cuando tú le cuentas algo a tu familia o a tus amigos, ellos no te echan mucha cuenta. Como mucho, te dicen que ya se te pasará o te dan consejos. Lo primero que hace el psicólogo es reconocerte. Te dice "lo estás pasando mal", "estás sufriendo", y eso es lo que te hace polvo. Que te ve.
- Aro, aro - contesta él -. A ver, quilla, ¿cómo es eso que estás haciendo con la espalda? ¿Así, echándome para atrás?
- Sí, pero con las piernas más rectas - es gracioso verle intentando hacer asanas de yoga con las zapatillas de deporte puestas y las rodillas dobladas.
- Pues yo creo que es lo que tú dices, lo de que los demás en verdad no te hacen caso.
- Claro... mira, a mí me hizo llorar la psicóloga del centro de conductores cuando fui a hacerme el certificado médico para el carnet, sólo porque me dijo "tú estás muy nerviosa con esto, ¿verdad?".

Kpot se tumba boca abajo con los brazos musculosos de escalador enfermizo estirados frente a sí.
- Yo me di cuenta el otro día de lo que tú dices. De que la gente no sabe escuchar. Estaba un grupo de maris delante de un colegio, esperando a las hijas. Una empezó a decir que tenía mal la espalda. La otra le contestó que ella tenía mal la rodilla, y la otra que a ella le dolía el hombro. Y al final no hablaron ni de la espalda de una, ni de la rodilla de la otra... cada una de lo suyo, punto.
- La lucha por conquistar la oreja ajena, lo llamaba un escritor.
- Eso es, tía.
- El mismo escritor decía que el amor es un preguntar constante. Que el que te ama lo hace porque te pregunta sobre ti en lugar de intentar conquistar tu oreja. Si encuentro luego el texto, te lo paso por el Facebook.

Que mi amigo el Kpot y Milan Kundera hayan llegado a la misma conclusión me resulta curioso. Pienso en el amor y el preguntar, y en el trabajo que hago todos los días intentando dar a la gente su espacio y reconocer que existen. En cómo la mirada del otro nos puede hacer llorar. Y ahora, mientras reflexiono sobre cómo cerrar el post y me pregunto por qué he escrito esta escena, me digo: porque mi blog es mi espacio, y escribo aquí para reconocer que existo yo. Para que mi existencia tenga cierta cualidad resonante de cosa que importa.

Nota: si percibís cierta incoherencia en el post es porque hoy estoy muy, muy cansada y escribo en plan simbólico para que se vea que le pongo empeño al asunto.

martes, 15 de noviembre de 2011

Timing (II) (Es que me he acordado de que ya escribí un post que se llama así)

El timing es muy importante en las relaciones, me dice DDM mientras conduce esta tarde de vuelta a Cádiz. Los dos llevamos una resaca importante y nos da el sol de lado mientras oímos nosequé música extraña que ha elegido él. Melómanos: qué encantadores plastas. La sombra del parasol le cruza la cara justo por debajo de la nariz, así que veo brillar sus dientes mientras habla.

Timing is a bitch, contesto yo, risueña, y seguro que no ha pillado la referencia porque me ha contado que no suele ver series. Tampoco es una referencia muy allá: lo dice Robin en el primer capítulo de la temporada nueva de Cómo Conocí a Vuestra Madre. Timing is a bitch, repito mentalmente, al menos en mi caso, que siempre parezco estar en el lugar erróneo o en el momento inadecuado.

Hemos salido hace un rato de Sevilla después de almorzar unas pitas con sus amigos. Paramos en el rocódromo del Alamillo para echarle un ojo, porque yo no lo conocía, y luego enfilamos camino a casa con los ojos entornados por el sol y el sueño. Hablamos todo el rato, fluidos, con ocasionales silencios compartidos y tranquilos . De todo menos del tiempo, como dijo ayer Vetusta Morla sobre el escenario mientras yo coreaba que es cierto, que maldita dulzura la tuya.

Timing, DDM, timing, y curiosamente hoy no me vence el deseo tanto como ayer, mientras hacíamos el mismo camino en sentido contrario. Será porque hoy está todo más claro, así que ni siquiera me vuelve a las yemas el tacto suave de su espalda ni el olor de su piel a través de la camiseta. No me vuelven los besos breves, aturdidos y culpables, ni las explicaciones que empiezan por "me pareces una chica muy..." pero que incluyen un "pero" y a otra chica, griega al parecer, que viene en unos días a verle y es todavía más muy que yo. Ahora sólo me llega el presente, esta conversación tan larga y tan ininterrumpida, y constatar que es un chico lindo y que, una vez más, no es culpa de nadie.

De timing, como mucho, ya os digo. Y ahora, en este universo limitado en el tiempo y el espacio que es la cabina de su coche, los dos nos hablamos y nos escuchamos, nos reímos, nos miramos de vez en cuando y oímos música. Yo ya no me cabreo, porque paso, qué queréis que os diga. Para qué se va a cabrear una. Dios me odia o quiere me haga monja, punto, y contra eso no es posible luchar.

Llegamos a Cádiz y comentamos que los dos compartimos la misma sensación al aterrizar en esta esquina del mapa alejada y tranquila: que no todos los problemas, pero sí cierta carga difusa de emociones densas, se quedan al otro lado del puente de Carranza. Voy contigo a aparcar, le digo, y luego él me acompaña a mi moto, que está en la puerta de su casa.

Hay algo que quiero preguntarle a DDM antes de irme y no sé si hacerlo, porque es una pregunta un poco absurda y casi patética, pero creo que me sentiré mejor después, o mi ego se sentirá mejor, o qué sé yo... el caso es que cuando estoy a punto de ponerme el casco me acerco a él, que espera guapo y sonriente sobre la acera, y le pregunto:
- Si no hubiera griega, ¿habría pasado?

Se encoge de hombros y sonríe.
- Pues digo yo que sí, ¿no?

Yo sonrío también.
- No te lo pregunto por nada... sólo por curiosidad. Y por ego, ya sabes.
- Ya...

Sigue sonriendo, y me encantan hasta extremos insalubres las arrugas que se le forman en torno a los ojos.
- Por otra parte - dice - si mi abuela tuviera dos pelotas sería mi abuelo.

Y aunque esté guapo a rabiar, aunque a mí el amor me putee sin yo haber hecho nada para merecerlo y aunque todo sea tan cercano y lejano, tan bonito y tan chungo, no tengo más remedio que reírme de la frase, de la vida y del timing de los huevos.

lunes, 14 de noviembre de 2011

De la manera desproporcionada y absurda en que el Acné del Averno sigue afectando a mi vida

Piel piel piel piel piel. Cuatro letras, un mundo.

A lo mejor a veces os preguntáis cuál es la mejor manera de tratar a una persona con Acné del Averno u otra afección cutánea inocua y molesta. ¿Le digo algo? ¿No se lo digo? ¿Le doy consejos? ¿Asumo que sabe lo que es mejor para él/ella? Hoy, en lecciones de Marina sobre psicodermatología, os lo voy a explicar.

Que mi piel está loca es un hecho. Hace un par de semanas escribí que estaba mejorando espectacularmente. De repente, ha decidido volver a brotar. Y me pica. Firmaría porque siguiera igual de destruida pero NO ME PICARA, porque el acné es molesto, pero el picor es una puta tortura.

Total, que te levantas un día por la mañana, te miras al espejo y dices what the fuck. Si estoy haciendo lo mismo que ayer, antes de ayer y el otro día: por qué este brote repentino. A lo mejor es el maquillaje, que será mineral y su puta madre pero me está obstruyendo los poros. O que he dormido poco esta semana. O la escalada extrema, que me tiene que poner los niveles de cortisol por las nubes.

Como llevas más de la mitad de tu vida pensando en tu acné, y el último año intentando encontrarle una explicación lógica que ubique la solución dentro de tu área de control, pues ya estás un poco hartita, y en lugar de dramatizar y decirte "oh, por qué yo, mi vida carece de sentido y nunca podré casarme" etc etc, te encoges de hombros y piensas literalmente: estás jodidamente loca, piel de los cojones, y no te voy a hacer más caso porque ya no es que me aberres; es que me aburres. Te miras a los ojitos. Eres guapa, tía, lo eres. Si tuvieras una piel estupenda, y quizá un poco más de tetas, serías un pibón. Tienes una nariz muy bonita, las orejas pequeñas y una sonrisa que, como te dijo una vez alguien, te ilumina la cara. Tienes el pelo precioso y ojos de lista, y eso te gusta. El acné es... bueno, pues está ahí, pero de verdad que eres guapa, así que no te preocupes. Ponte falda y píntate las uñas. Sal al mundo.

Y entonces llegas al curro y te pones a charlar con tu supervisora. Que es genial, no te creas: es tan genial que la rotación merece la pena sólo por haber podido entrar a consulta con ella. Porque se vincula y quiere a sus pacientes. Porque habla de sí misma con ellos y tiene en cuenta los sentimientos que le despiertan. Porque sus ojazos azul grisáceo te fascinan todo el rato y porque tiene una colección de zapatos que flipas.

Y en un momento dado, esa supervisora, que ahora tiene arrugas porque ya es mayorcita pero que se ve que en su día debió de ser muy, muy guapa, te mira.
- Marina, lo he pensado algunas veces, pero nunca te he preguntado. ¿A ti qué te pasa en la cara?

Y entonces tú, que te crees que llevas mejor las cosas y que ya no tapas los espejos con pañuelos, la miras anonadada, y dos segundos justos después de su pregunta ya tienes ganas de llorar. Verídico. Las notas detrás de tus ojos y en tu garganta, y de repente el mundo, que por lo demás va bastante bien, a ti se te acaba de caer encima. Porque tu cabeza ahora no puede parar, y piensas "eso es lo que ve todo el mundo, eso es lo que piensan todos cuando me ven, la familia, los amigos, los tíos, DDM, mis compañeros, todos: a ti qué te pasa en la cara". Y la autocompasión llega y te inunda como si alguien la estuviera vertiendo por tu cabeza y llenando todo el espacio disponible que tienes en el cuerpo.
- Es acné - balbuceas, y te encoges de hombros.

Ojalá, piensas, ojalá fuera alguna enfermedad rara, más interesante, más digna. Un compañero tuyo tiene psoriasis, y tú le cambiarías ya tu cara de adolescente por sus placas rojizas en los codos, en las manos, hasta en el cuero cabelludo. La dependienta del supermercado tiene vitíligo, y aunque te encanten tus manos fuertes de escaladora firmarías por las suyas, veteadas de manchas blanquecinas, con tal de que esta puta enfermedad del Averno dejara tranquila tu cara de una puta vez.
- ¿Y has probado a ir al dermatólogo?

Respira, respira, Marina, respira, no dejes que te afecte, sólo es la piel de fuera, respira, cojones. No la mandes a la mierda. No le digas algo como "uy, qué idea, fíjate tú, no se me había ocurrido" y después escupas en su piel bronceada de arrugas interesantes.
- Sí, sí que he ido, pero no me lo han quitado.
- Uy, pero seguro que no has ido a mi dermatólogo, que a mí me está dejando estupenda de la muerte.

Quilla, en serio, vete a la mierda, piensas, y te apañas para mantener una conversación medio educada y explicarle por qué su dermatólogo te inspira la misma esperanza que la pulsera Power Balance, mientras tragas saliva, intentas deshacer tu nudo en la garganta y recuperar esa noción de ti misma como una persona bella, y esa noción del mundo como un conjunto de seres que no van por la vida pensando en cómo tienes tú la piel. Luego te disculpas y vas al baño, bebes agua, te miras despacio y casi de reojo los ojos tristes. Va, tía, va, tú puedes, va, lo vas a conseguir, Marina, algún día lo conseguirás, y si no lo consigues pues no importa, está la vida, está la gente, está tu curro y la meditación y la escritura y la escalada. Sólo es la piel de fuera.

Y durante todo ese día, la cara te pica el triple.

Y durante toda esa semana pedirías disculpas a la gente que tienes cerca por verse obligada a mirarte.

Conclusión: no digáis nada sobre la piel de la gente. Nunca. Sólo cosas bonitas, como "tienes la cara mejor", o incluso olvidad la cara y decid, simplemente, "me encantan tus pendientes". Fijaos en mis pendientes. Los elijo con primor por las mañanas. Fijaos en mi colonia o el mi gel de azahar, que huelen muy, muy bien. Fijaos en cualquiera de los veinticinco tonos de esmalte de uñas que voy alternando según mi estado de ánimo. Mi piel es problema mío. Dejadla tranquila.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Ser escrita

Ayer tuve un día de escalada muy, muy bonito. Me lo pasé peleándome con una vía sin conseguir encadenarla, es decir: terminarla sin caerme. Era la primera vez que me pasaba algo así, quiero decir: he intentado vías, he encadenado algunas, otras no, pero ayer fue diferente. Pasé todo el día como poseída por una relación intensa entre la vía y yo.

La cosa es que llegas al sector, ves la vía, la intentas, no lo consigues. No pasa nada, te bajas, pero en realidad lo has visto cercano, así que descansas un poco y le das otro pegue. La vía es "No es broma, es kanfor", la que intenté el día que grabé los vídeos que colgué aquí. Una vía larga, que requiere continuidad, buenos pulmones, fuerza y saber distribuir la energía para llegar al final sin hacerse polvo. No sé cuánto tiempo duraba cada intento, pero eran muchos minutos al límite de mis fuerzas. Aunque el segundo pegue fue mejor, me caí casi al final; seguía sin pasar nada, pero me había quedado tan cerca.

Al tercer pegue estás ya nerviosa. No son nervios que tengan que ver con encadenar o no la vía, sino con esa situación de estrés máximo a la que vas a someter a tu cuerpo y a tu mente, el reto extraño y gratuito en el que vas a meterte sin que nadie te lo pida. Ayer la gente me hablaba y yo no veía a nadie. No hacía más que dar vueltas en torno a la vía, calentar los brazos, mirar las cintas colgando al sol y darme autoinstrucciones: respira, Marina, respira y descansa, date aire, no aprietes demasiado los cantos, busca buenos pies, tú puedes.

Me caí la tercera vez, de nuevo justo antes de llegar al final, y pedí que me bajaran para descansar antes de intentarlo una cuarta. Se estaba yendo la luz y me dolía hasta el alma. Se podían cascar nueces con mis antebrazos. Aun así, descansé lo que pude, estiré, comí algo de chocolate y lo intenté otra vez. Y volví a caerme a medio metro del final. Me cabreé un poco, pero no mucho, porque sabía que lo había dado todo. Había funcionado al máximo de mi capacidad en ese momento, y conseguiría la vía cuando tuviera más habilidad, más fuerza, menos cansancio o un poco más de suerte.

El caso es que cuando me bajaron al suelo me di cuenta de que estaba llorando. Llorando poquito, no os creáis; lágrimas de estas silenciosas, bonitas, que se te caen rodando por las mejillas aunque tú quieras disimular porque te da vergüenza. Ni siquiera yo sabía por qué lloraba. Encadenar tampoco me importa tanto; es algo que sucederá, tarde o temprano, si lo intentas lo suficiente; si no lo consigues, pues hay más vías que judías. Pero lloraba, era un hecho. Me di la vuelta superavergonzada hasta que me recompuse y conseguí quitarme los gatos, deshacerme el nudo del arnés y empezar a recoger las cosas para irnos a Cádiz.

Aun así, estaba en un estado de felicidad difícil de describir. Había encontrado, una vez más, la belleza del proceso. No sabía qué era exactamente lo que había cambiado en esos cuatro intentos, pero yo era una persona distinta, y quizá fue precisamente no encadenar lo que me hizo distinta. Darme cuenta de hasta qué punto me había hecho feliz sólo intentarlo. Iba en el coche de Pablo oyendo música y sentía que absolutamente todo estaba bien sobre la tierra. Llegué a casa y me dolía quitarme la camiseta, verídico; me di una ducha, me hice la cena y me puse a escribir aquí y en el blog de escalada.

Entonces me llamó Kpot, mi amigo y ex profe de escalada, que había pasado el día penando conmigo y animándome a pie de vía. Que he escrito una cosa en mi blog, quilla, que lo voy a publicar en el Facebook, pero que quiero que lo leas tú primero. ¿Y eso? pregunté yo. Bueno, pues porque en realidad es un poco de ti y tal, no sé, tú léelo. El Kpot se traba un poco cuando se pone nervioso, así que abrí la página y leí el post.

Yo quería hacer una presentación breve y dejaros con su texto, pero ya sabéis que si con algo tengo un problema es con la brevedad. La cosa es que cuando uno se acostumbra a escribir sobre los demás y de repente escriben sobre ti, es mágico. Te das cuenta de lo mucho que puede significar que alguien te atrape con sus palabras, te entienda y, sobre todo, te vea. Él supo quién era yo como escaladora ayer, en esos momentos. Lo sabe porque lleva viéndome trepar desde que empecé y porque compartimos un carácter enfermizo al respecto muy preocupante. Sus palabras fueron el mejor homenaje a mi pequeño gran esfuerzo. Y como vosotros sois mis lectores y os quiero de una manera virtual y rara, quería que lo compartierais, aunque la escalada os importe un carajal y estéis ya un poco hartos de leerme sobre el tema (sobre todo teniendo en cuenta que me hice un blog de escalada para eso, pero qué queréis que os diga; éste tiene más lectores).

El post de Kpot está aquí. Leedlo, de verdad, que es cortito y muy fumable. Que me conmovió tela.

El mío, describiendo el día de ayer de manera exhaustiva y sólo apta para frikis del trepar, está aquí. Ahí ya os adentráis at your own risk.

Y ya me voy a dormir. Mis findes escaladores molan demasiado. En serio, ¿qué hacéis los demás? ¿Qué hacía yo antes? Empieza a preocuparme.